Nubes negras se acercaban por el
este. Las órdenes se vociferaban de barco en barco. Los remos
empezaron a moverse y las naves avanzaron hacia la orilla. Poco después,
encallaron.
Desembarcaron todos los
tripulantes. Los diez primeros de cada navío fueron a preparar una zona en la
que establecer el campamento para resguardarse y pasar la noche. Los siguientes
veinte llevaban cajas, barricas y sacos con toda la mercancía que
transportaban. Seguidamente, los domadores sacaron a los caballos y caminaron
con ellos para que se acostumbraran de nuevo a estar en tierra firme. Los
últimos en salir fueron los capitanes junto con sus guardias. Se reunieron
todos cerca del barco del general.
Su pelo canoso y su mirada
cansada delataban que era el mayor de los presentes. Su acento, aunque atenuado
por su tiempo surcando los mares y luchando en guerras ajenas, revelaba que era
thuliano.
–Recordad –les dijo–, sois comerciantes. Mañana, después
de formar una guarnición con miembros de cada uno de vuestros clanes para que
se queden guarneciendo los barcos, iréis a la ciudad y acamparéis con el resto
de personas de este gremio. Haced que vuestros soldados y sus familias no lo
olviden. Nadie debe saber quiénes sois realmente. Me uniré a vosotros ahí. Antes debo
ponerme al día de la situación del reino.
–Sí, señor –respondieron. Nada de
lo que les había dicho les sorprendió. Ya les había explicado su objetivo antes
de embarcarse.
El general se dirigió al domador
que tenía su caballo y los de su guardia.
–¿Están listos? –le preguntó–. No
cabalgarán más de dos kilómetros.
–Irán más lentos de lo habitual,
mi señor –contestó el joven–, pero no deberían verse impedidos.
–Muchas gracias, domador –le
respondió–. Nos vamos –dijo mirando a los dos soldados que le acompañaban.
Un rayo iluminó la escena. Un
segundo después, le acompañó el trueno. Montaron y apaciguaron a los animales. Las
primeras gotas acariciaron las manos del general mientras se
ponía la capucha.
Minutos más tarde, tres sombras
en forma de jinetes trotaban por la arena bajo un manto de lluvia fina. Su destino era un edificio situado
sobre una colina próxima a la playa.
Cerrar etapas. Dejar mochilas
atrás. Recordar que uno no es un sherpa…
¿Será ya el momento de ponerse a ello?
Es posible que te eche de menos.
Bueno, también puede ser que únicamente quiera un final alternativo, menos
frío, menos… destructivo. Sí, no soy perfecto y el orgullo me hizo actuar de
una manera determinada en el último contacto. ¿Lo merecías? ¡No! ¿Lo merecía?
Creo que no. Sí, fue un agrio desenlace seguido del silencio, mi gran amigo –o eso
digo para consolarme–, a quien yo mismo llamé.
El primer curso académico en mi
nueva etapa en la universidad está a punto de terminar. Los errores cometidos
ya están anotados para no volverlos a repetir: ahora toca aprender como hasta
ahora han hecho –espero– los estudiantes que han caminado conmigo estos meses. Los
proyectos a medio plazo siguen. Esos no dan tregua. Adelante.
¿Seré capaz de hacer esto con
otros aspectos de mi vida? ¿Aprenderé a liberarme de mis cargas tal y como hice
cuando salí del retiro en Roscrea hace ahora casi un año? Esta es la verdadera
cuestión.
Dormía plácidamente cuando lo que
parecía el sonido de unas alas lo despertó. Abrió los ojos y vio que estaba en
el jardín de una gran mansión.
“¡Qué raro! Juraría que estaba
durmiendo en mi cama” pensó.
Dio unos pasos hacia la casa y
vio que había gente vestida en colores muy claros, casi blanco. Parecía que
brillaban. Siguió caminando y abrió la puerta de cristal.
“¡Cuánta paz! ¡Qué bien se está
aquí!” cruzó su mente en el momento en que entró en el edificio.
Caminó a través de dos habitaciones
y llegó a un gran salón. Había poca gente y estaba a punto de salir cuando, con
el rabillo del ojo, vio que unas personas vestidas de un color puro le miraban
fijamente con una sonrisa grande en la boca. Ladeó la cabeza y reconoció los
rostros de cuatro personas a las que quería, pero había, en cierto modo,
perdido. Uno hacía ya unos años; los otros tres, hacia menos. Se acercó y sus ojos se tornaron vidriosos
mientras unas lágrimas recorrían sus mejillas.
“No llores” dijo el más joven de
entre ellos.
“No estés triste” dijo la mujer.
“Os estaremos esperando” añadió
el más anciano.
“Pero no tengáis prisa” completó
el tercer hombre, aquel que había sido el primero en irse.
“Os cuidaremos desde aquí y os
protegeremos” cerró el que primero había hablado.
Las lágrimas siguieron
derramándose pero ya estaba tranquilo. Era todo lo que necesitaba oír. Cerró
los ojos un momento porque le escocían. Los abrió de nuevo y vio el techo de su
habitación de nuevo. Esta vez estaba más tranquilo que cuando se acostó. Sabía
que estaban todos bien, que estaban felices, que no sufrían, que descansaban.
“Dicen que no hay dos caminos
iguales” empezó a decir la figura oculta de la luz en la esquina de la taberna.
“Y eso no puedo negarlo, pero sí hay indicios que te hacen pensar que este
camino es parecido a otro que ya has recorrido”.
“¿Qué dice ese ahora?” preguntó al
aire un parroquiano habitual con una jarra de cerveza en la mano que alzó hacia
el anónimo y vertió parte del contenido sobre el suelo.
“¡Eh! No te exaltes” le espetó
dueño del local. “Paga sus bebidas y no ofende a nadie, así que puede hablar
tranquilamente. Si no quieres escucharle, tráete otra persona con la que
hablar. Aunque te recomiendo que le des una oportunidad, suele decir cosas
interesantes”.
El parroquiano miró con ira al
hombre, dió un bufido y pegó un trago a la jarra: entre lo tirado y lo bebido, la
mitad había desaparecido.
“Gracias, jefe, pero no hacía
falta: suele pasarme” dijo el hombre oculto en la sombra con un tono risueño. “A
lo que iba: no hay dos caminos iguales. Lo puedo asegurar: he recorrido muchos
tanto a caballo, como a pie, como en una jaula de camino a una prisión, pero
ninguno era idéntico al otro. ¿Parecidos? Sin duda”. Se llevó el vaso que tenía
a la boca. Bebió. Lo alzó y lo volvió a apoyar en su sitio. Cerró los ojos y
levantó la cabeza para oler la mezcla del aroma de la madera de las paredes del
edificio con el del fuego y el de los alimentos servidos entre la gente que
estaba allí en ese momento. Es tan
acogedor, pensó, es como si estuviera de nuevo en casa. “Esto
me recuerda a algo… Sí. Me acuerdo. Lo veo…” se hizo el silencio. “Cerrad los
ojos y mirad vosotros también” les ordenó.
“Estáis siguiendo un sendero
curvo que atraviesa un bosque. Podéis oler la naturaleza: la lluvia recién
caída, los tréboles, el césped, los arbustos, las nomeolvides y otras flores
que crecen alrededor del camino que seguís. Algunos árboles se entrelazan entre
sí ahora. Más tarde se unen de los dos lados y os cubren del Sol, haciendo así
que sintáis escoltados, protegidos. A lo lejos, aparece un claro con una
pequeña casa de madera. Vais directos hacia ella porque es allí donde os
dirigís. Habéis llegado, por fin. Abrís la puerta y dais un paso. De repente,
oscuridad. Estáis cayendo. Las paredes de madera se ven sustituidas por unas de
tierra oscura. Alzáis la cabeza. Os estáis alejando de la luz. Miráis con miedo
hacia abajo. Oscuridad. Nada. Entonces, una mano os ase con fuerza, dais una
sacudida, pero vuestra caída acaba. Volvéis la vista hacia arriba y una gran
luz os impide identificar a quien está tirando de vosotros hacia arriba. Estáis
cegados, pero sabéis que alguien os está ayudando. Cuando os dais cuenta, ya no
estáis siendo llevados a la luz, sino que estáis una vez más en la superficie:
donde habíais visto una casa, ahora no hay más que un agujero. Agradecéis al
aire, al Creador, al Ser Supremo que os ha ayudado y os vais de allí para no
volver. Nunca.” Pasan unos segundos. Nadie dice nada.
“Pasado un tiempo, estáis
avanzando por un camino ancho entre dos campos de trigo. Camináis
tranquilamente hasta que, lentamente, cambia el paisaje. Lo que antes eran explanadas
sin fin, ahora son explanadas de árboles. Alzáis la vista y veis que estáis
entrando en un bosque. El sotobosque os es familiar, pero nunca lo habíais
visto antes porque esta región es nueva para vosotros. Apreciáis en él tréboles
y algunas flores diminutas con pétalos azules. Algunos árboles se entrelazan y,
por la frondosidad del lugar, otros unen sus ramas superiores para daros
cobertura. Repentinamente, observáis una bifurcación: un camino os lleva a un
claro con una posada que tiene un carro y cuatro caballos atados, mientras que el otro os lleva al
corazón del bosque… o eso creéis, porque no veis que hay más allá. Estáis
hambrientos, sabéis que en la posada podréis descansar y un carretero –cuyo carro
puede ser que sea el que veis… o no– que salió por la mañana, antes que
vosotros, os recomendó pasar porque tenían la mejor comida de la región. Ahora
bien, en la última aldea os dijeron que en el corazón del bosque se hallan
ocultos secretos que todo viajero quiere descubrir.
Es cierto, los caminos pueden
volver a encontrarse, puede ser que confluyan en la posada. También es posible
que no sea así. Tenéis motivos para seguir cualquiera de los dos: el hambre,
los consejos, la búsqueda, la curiosidad, el miedo… El primer camino os es
familiar, pero puede que no sea igual que aquel que recordáis y, si lo fuera, tampoco
sabéis si volveréis a ser salvados. El segundo no sabéis cómo será: solo que el
hambre hará estragos, el cansancio también y, por ello, sufriréis, pero a eso os
podréis acostumbrar. Es una disyuntiva
total: o uno u otro, pero no los dos. ¿Cuál escogeríais?”
Cuando pronunció la última
palabra, con un suave movimiento de mano, se puso un sombrero, dejó caer unas
monedas junto al vaso a medio y se fue. Caminó unas horas y se paró en seco.
Ante él podía ver un camino complicado, con florecitas azules, en el que a
través de la comprensión de la tierra, podría salvar cualquier obstáculo y
llegar al refugio al que parecía dirigir donde sería acogido con gratitud y algún
tipo de estima. Ahora bien, junto a este, había otro. Otro en el que sabía que
no habría tanta estima por aquellos que le esperaban en el refugio y que
incluso podía dañar a alguien de ahí, pero que quizás podía liberarle. Sí,
sabía que algo le dolería porque se apartaría silenciosamente de gente a la que
quería –y, como en el primero, había nomeolvides que se lo recordarían-, pero
eso podría llevarle a encontrar algo mágico. Le llevaría al corazón del bosque.
Recordó entonces al poeta Frost,
que decía:
Dos caminos se bifurcan en un bosque y yo,
yo tomé el menos transitado
y eso hizo toda la diferencia
Sabía que tenía que avanzar, pero
tenía miedo por lo que podría pasar, por la diferencia que iba a hacer, si
tomaba, como en el fondo de su corazón susurraba una voz, el que se apartaba
del refugio.
Desde la ventana podía ver una
gran duna que terminaba en una orilla y en algo parecido al mar… era extraño: habría
jurado que la intención era ir a la montaña, pero bueno. No podía quejarme ya
que esas eran las vistas que tenía desde una ventana panorámica en una
habitación bastante grande. A la vez, algo turbaba mi espíritu: estaba intranquilo,
nervioso, alterado.
Ensimismado por lo que tenía
delante y lo que sentía por dentro, no la escuché llegar. La noté cuando me
rodeó con sus brazos. Con calma me giré para poder mirarle a los ojos amables y
cálidos y nos fundimos en un profundo abrazo. Fue mágico: me calmó y se llevó
mis pesares. La tempestad que se había levantado en mi interior se disipó de
súbito. Me apreté más a ella y sus largos cabellos marrón oscuro me cubrieron
parte de la cabeza. Claro, comprendí, me sentía desprotegido y por eso
necesitaba ese abrazo, ese contacto humano: estaba como alejado de la realidad,
perdido. En todo caso, parecía que ella había obrado mágicamente en mi
interior. Ahora, estaba en paz.
“Dicen que esa arena no quema y
es muy fina. Se puede caminar bien por ella” dije sin separarme de ella, con
los ojos mirando al infinito sobre el agua y agradecido de que estuviera allí.
“Vayamos entonces a la orilla del
lago, ya haremos senderismo mañana. Voy a cambiarme” respondió con una sonrisa
mientras nos separábamos y se fue a otra zona de la habitación.
“Me parece perfecto. Yo también”
dije, aunque me chocaba que no hubiera recordado antes que las montañas estaban
al otro lado y que, si bien es cierto que no veía la otra orilla, eso no era ni
de lejos un mar.
Hacía poco que habíamos llegado y
las maletas estaban recién deshechas. Me acerqué a un armario donde tenía
guardadas las ropa de baño, cuando la puerta se abrió. Entró entonces una
pareja de mediana edad y empezaron a ocupar la mitad de la habitación que
nosotros no habíamos tocado.
“¡Buenos días!” saludaron al
unísono con alegría.
“¡Bienvenidos!” les devolví el
saludo
Parecía que tuvieran experiencia
en viajes porque sin cruzarse muchas palabras y, en pocos minutos, su gran
equipaje estaba ya guardado y las maletas cerradas. Yo lo vi mientras, sin
fijarme, cogía una camiseta verde. Entonces, ella apareció con vestido de seda ligero
de color esmeralda. ¡Habíamos escogido el mismo color! Sonreímos con la cara y
los ojos. Se acercó y nos entrelazamos una vez más, pero esta vez fue más
breve.
“Nos vemos abajo” me dijo sin
perder su sonrisa.
“Hasta ahora” respondí con
alegría.
Ella caminó hacia la puerta, la
abrió y la cruzó. Súbitamente, todo se volvió oscuro. Parecía que todo estaba
desapareciendo. ¡Qué pasaba! ¡¿Por qué ocurría?!
Se hizo el silencio. Solo oía mi
respiración agitada. Un ruido llegó de fondo. Se aproximaba una música
tranquila. Un fogonazo de luz la acompañaba.
“¡Buenos días, Ignacio! Hora de
despertarte” me dije.
Me sorprendió que siguiera
recordando de manera tan vívida y real aquello soñado. Lo escribí rápidamente
para, más tarde, poder convertirlo en una pequeña narración y, mientras lo
hacía, recordé eso que se dice de: “si sueñas con una persona, es que ella
también está pensando en ti”. Mi pregunta es: ¿pensando de la misma forma?
Bueno, será mejor no saberlo.
La tormenta se desató hacia el
final de la noche. Los guardias de Skellig vieron cómo azotaba las aguas y cómo
el dios del trueno descargaba su ira.
“Espero que no haya ningún barco
por ahí ahora” dijo uno cubierto con su capa. “Y si lo hay, que los dioses se
apiaden de las almas de sus tripulantes”.
“¡Seguro que lo hay!” respondió
contundentemente el otro. “Mañana empieza la gran feria de Narbe y algún mercader
del sur querrá ser el primero en llegar. Aunque con esta noche, las aguas y las
rocas ocultas, no sé yo si se acercaran a nuestras costas…”
Un rayo cayó y les pareció ver
que no impactaba sobre las aguas. Poco tardó el trueno en hacerse oír.
En ese mismo momento, en el
edificio colindante al Gran Salón, una niña de unos nueve años despertó
súbitamente. Corrió a la cama de sus padres y empezó a dar golpecitos en el
brazo de su padre para despertarle.
“Papá, papá” dijo la niña
mientras dejaba el antebrazo descansar. “Papá, despierta. Va a llegar ahora.
Con la tormenta.”
“Hija” dijo el padre con voz
ronca y mirando a su hija. “¿Qué dices? Ves a dormir. No va a venir nadie ahora”.
Cerró los ojos de nuevo.
“Papá” repitió la niña. “Lo he
visto. Las otras veces tenía razón y era tarde cuando íbamos. Por favor, papá”
insistió “vamos a la playa. Depende de nosotros.”
“Venga, Keiran” dijo Brianna, su
esposa, con calma, pues sabía que era la única manera de convencerle. “Sally
tiene razón. Ya ha demostrado que ve cosas que están a punto de pasar.
Acompáñala con alguno de tu guardia personal a la playa. Si no hay nadie,
estará tranquila; pero si sí lo hay, ya no estará de nuevo en silencio tanto
tiempo por no haber salvado una vida.”
“Vale” cedió él. “Sally, ponte
una capa y despierta a tu hermano Oisin. Yo avisaré a Cormac para que prepare
cuatro caballos.”
Unos quince o veinte minutos
después, cuatro figuras montadas cruzaron el pueblo y llegaron hasta la puerta
donde dos guardias admiraban la tormenta desatada sobre el mar y que se
empezaba a alejar.
“¡Abrid la puerta!” gritó Keiran
a los guardias.
“Ahora vamos, señor” dijo uno,
que bajó rápidamente de la torre, la abrió y les facilitó el paso. Las cuatro
sombras tomaron el camino hacia el agua. Se perdieron en la oscuridad.
Clareaba un poco cuando los
caballos empezaron a cabalgar sobre la fina arena de la playa. Podían ver a lo
lejos, entre las rocas, los despojos de un barco y trozos de madera, cajas y
barriles a la deriva y en la playa. De repente, la niña galopó hacia la orilla.
“¡Sally!” gruñó su padre. “¿Qué
haces? ¡Detente!” Y arrancó tras ella. Cormac y Oisin poco tardaron en hacer lo
mismo.
La pequeña de los cuatro,
ignorando los gritos de Keiran, no se paró porque le había parecido ver algo
más junto a uno de los maderos. Llegó a la ribera y saltó del caballo para
adentrarse en el agua. Con sus manos agarró un trozo de madera y lo atrajo
hacia sí. Tan concentrada estaba en su tarea que no escuchó como se apeaban ni
su padre ni su hermano ni el guarda y se situaban junto a ella. Entre los
cuatro llevaron el trozo de madera a la arena. Solo entonces se dieron cuenta
de por qué había escogido ese: encima estaba un joven tumbado, quieto y cubierto con
una capa oscura y empapada y algo de sangre en la cara.
“Sigue vivo” dijo Sally
convencida y con serenidad. “Lo sé, pero hay que llevarle rápidamente junto a
un fuego. Si no, no habrá servido de nada venir a buscarlo.”
“Oisin, ayúdame a quitarle la
capa” ordenó el padre. “En cuanto esté hecho, cógela, corre al caballo y vuela
hacia el pueblo para que abran las puertas. Iremos directamente a nuestra casa,
sin parar. Cormac” continuó y le miró, “me ayudarás a montarlo en mi caballo y
luego cerrarás el grupo” dijo mientras él asentía con calma. “Sally, tú cabalgarás
entre Cormac y yo. No paréis hasta llegar a casa. Tú no dirás nada de esto a
nadie” miró al guardia de nuevo, quien sonrió. “Gracias” le dijo Keiran. “¡Vamos!”.
Todos hicieron como había dicho.
Oisin llegó el primero para prevenir a los guardias de que debían tener la
puerta abierta para cuando llegara su padre. Mientras, Cormac y Keiran habían
subido al joven al caballo. Sally veía todo y temblaba, pues temía por la vida
del joven. Empezaba a verse el Sol por el horizonte.
Cabalgaron raudos y entraron sin
problemas en el pueblo. Sally abrió la puerta de la casa y los adultos
descargaron al chico y lo llevaron en brazos hasta el brasero que estaba en el
centro y que Brianna había revivido en cuanto los cuatro habían marchado. Le
tendieron, le quitaron las ropas mojadas y le pusieron unas mantas y pieles
encima para que entrar en calor cuanto antes. Esperaron. El tiempo pasaba muy
lentamente. Vieron que las mantas se movían. Empezó a toser y sacó parte del
agua que había tragado. Se crisparon por cómo se movió por si se ahogaba. Se
acercaron a él. Paró. Volvió a cerrar los ojos, pero respiraba con algo más de
normalidad. Todos se calmaron. Los rayos del Sol que acababa de salir entraron
por la puerta e iluminaron la habitación.
“Rápido” rugió el capitán, que
acababa de subir a cubierta alertado por la campana, “a vuestros puestos todos.
Wilhelm, Hassan y Sean, corred a atar y asegurar el cargamento. No podemos
permitir que una brisa de viento nos rompa la mercancía” les gritó a tres
marineros, que bajaron rápidamente a la bodega.
“Haz tú lo mismo” le dijo el
piloto al joven. “Estarás más seguro allá abajo que aquí arriba… El viento está
rolando y nos lleva directamente hacia la tormenta” continuó mirando hacia los
rayos que iluminaban la oscura noche. “Y sobre todo, no te ates a nada: es
mejor que saltes al agua y que intentes agarrarte a algún madero”.
“Sí, señor” le respondió con
agradecimiento y corrió hacia las escaleras por las que los otros tres habían
ido. Mientras bajaba vio que la lona de la vela central estaba tensa hacia
adelante por el fuerte viento que empujaba el navío.
“¡Soltad los cabos! A vuestros
puestos, marineros, vamos a enfrentarnos una vez más a la diosa de los mares y
al poderoso señor del Trueno” gritó el capitán, mientras la tripulación se
ponía en su sitio, llevaban aquello que no podía asegurarse en cubierta a la
bodega y fijaban el resto de barriles como podían. Con el viento en popa, el Seefahrend se acercaba a la tormenta.
Los golpes de mar habían tirado
algunas cajas al suelo de la bodega, pero los cuatro estaban apilándolas y las
ataban en los espacios del centro de la bodega para ello. Apenas hablaban.
Tronaba de fondo. Apila, asegura y ata. Una luz blanquecina ilumina la bodega.
Desaparece. Otro trueno. Apila, asegura y ata. Aparte de algún gruñido, poco
más decían además de murmurar oraciones a sus distintas deidades para que les
salvara.
“Hombre al agua” se oye que
gritan desde cubierta cuando una gran ola golpea el costado del barco.
“No temas, joven” dice Hassan
alzando la voz para que se le escuchara por encima de los truenos y el agua
brava. “Nuestro capitán ha navegado a través de cientos de tormentas y nunca ha
naufragado…”
“…Este barco jamás se hundirá”
termina Wilhelm con una gran sonrisa
mientras hace el último nudo al cargamento.
“Karl, ¡mantén el timón recto
para evitar cruzar la tormenta!¡Hemos de intentar rodearla!” se escuchó de
nuevo al capitán.
Cayó agua por la trampilla para
acceder a la bodega y se oyó el rasgarse la vela. Rápidamente, Hassan y Wilhelm
subieron.
“Que los dioses nos asistan y la
Diosa te guíe en tu camino” dijo Sean al joven antes de seguir a sus
compañeros.
Él seguía abajo como le había
dicho el timonel, pero cada vez oía más gritos. Sabía que estaría más seguro
donde estaba que en cubierta. Cayó más agua por la trampilla.
“Capitán, ¡veo la costa de Thule!”
se oyó a Sean gritar entre trueno y trueno.
“Mantén el rumbo, piloto”
respondió el capitán. “Aunque la vela esté rota vamos a llegar. ¡Lo sé!”
Súbitamente, un rayo impactó en el
palo mayor y lo partió. Se desató el infierno. El joven salió de la bodega y
vio caer una parte al agua llevándose con ella a algunos marineros que no
habían podido apartarse a tiempo. Una gran ola impactó el costado del barco y
lo hizo bascular. Otra rompió contra la popa y se llevó al piloto. El joven
corrió hacia donde estaba el hombre, pero solo estaba el timón. El capitán,
desbocado, corrió hacia allí para tomar el control del barco. Una cuerda se
tensó cuando al barril que sujetaba se lo llevó el océano. No la vio. Tropezó.
Se golpeó en la cabeza. Quedó inmóvil en el suelo.
Una nueva luz blanquecina bajó
del cielo iluminando la escena. El barco se dirigía hacia unas piedras. En
cubierta solo estaba el cuerpo inerte del capitán movido por el agua que
llegaba con las olas. El resto del mástil ya había caído. Los tripulantes
estaban desaparecidos: o habían saltado o se los había llevado la diosa de los
mares. Solo un alma seguía allí, pero estaba atemorizada.
“¡Salta!” creyó oír la voz del
timonel.
Miró hacia adelante: las rocas
primero, Thule al fondo. Sabía que el barco estaba condenado. Miró a su
alrededor. Una ola le golpeó la cara y lo tiró al suelo. Se levantó de nuevo.
Echó la vista a las aguas. Gracias a un rayo vio trozos de madera a la deriva. Los
truenos seguían escuchándose. Había uno cerca del barco. Estaba llegando a las
piedras. El momento era ahora. Estaba listo. Entonces, chocó el Seefahrend y salió despedido.
El impacto contra el agua fue como si cayera
sobre una capa de hielo que se rompió con el contacto de su cuerpo. Se hundía.
Tragó agua. Abrió los ojos para ver pero el frío le obligó a cerrarlos. Hizo un
esfuerzo para nadar hacia lo que creía que era la superficie. Haces de luces
blancas le guiaban. Hizo tantas brazadas como podía con los brazos entumecidos
por la baja temperatura. Sintió el aire en las yemas de los dedos. Un último
esfuerzo. Se estaba quedando sin aire. Sacó la cabeza y respiró. Por fin. Tragó
más agua por una ola, pero consiguió mantenerse a flote. Sus ojos tardaron en
acostumbrarse. Creyó ver Thule y nadó hacia allí. El esfuerzo sobrehumano acabó
en cuanto encontró un trozo de madera a la deriva. Se agarró a él e intentó
subirse. A pesar del cansancio lo consiguió. Estaba agotado, tenía el cuerpo frío
y dolorido. Se cubrió con la capa. Cerró los ojos y se dejó llevar por la
corriente. La madera impactó contra una roca y él se golpeó la cabeza. Todo se
volvió oscuro y helado. Perdió el conocimiento.
La tempestad había pasado. El Seefahrend estaba hecho añicos entre las
rocas. Algunos trozos iban a la deriva, ya fuera hacia las costas de Thule o
hacia el centro del océano. Algunos cuerpos estaban flotando sin vida junto con
los remos, barriles y restos del mástil; otros, se habían perdido en las
profundidades con las mercancías. Un último trozo, que estaba en un punto entre
las dos corrientes, sostenía un cuerpo que respiraba débilmente. La última cola
de la tormenta proveniente del centro de las aguas alcanzó la madera y la
empujó en la dirección opuesta.
“¿Me traerás nieve la próxima vez
que vengas a Loughstadt?” dijo una niña de unos diez años al muchacho que
estaba sentado junto a ella, que no debía tener más de doce.
“Sí, lo haré” respondió él con
una sonrisa, mientras pensaba cómo iba a
traerla sin que se deshiciera.
“Y si no pudiera, la próxima vez te llevaré
conmigo allá arriba, al castillo, para que veas cómo es el valle y el camino”.
Mientras él hablaba, ella dejó de
escuchar los pasos de los caminantes que cruzaban el puente en el que estaban
sentados con los pies colgando y el traqueteo de los carros con mercancías
provenientes de la ciudad comercial de Vemmer. Sus ojos se abrieron como platos
porque jamás había salido de los alrededores de Loughstadt. Por fin podría ver
aquellos paisajes que él le describía cuando bajaba. Al fin sentiría la
protección de los frondosos bosques que cubrían las montañas. Finalmente vería
nieve que no se iba al tocar el suelo.
“¡Bien!” respondió mientras le
ponía el brazo izquierdo sobre los hombros y le acercaba la cabeza con una
mueca de felicidad…
Un fuerte golpe de su cabeza
contra la pared de la bodega del barco le sacó de su ensimismamiento. “Nunca le
llevé la nieve ni la acompañé, sino que le dejé una carta y me fui sin decir
nada” pensó con tristeza mientras seguía en su esquina protegido con su capa.
Suponía que llevaba un rato dormido, pero ¿cuánto? Esa era una gran pregunta.
Se levantó y caminó un poco entre el cargamento para estirar un poco las piernas
que se le habían agarrotado. Después, subió a cubierta.
“Eh, joven, ¡por fin sales!” le
dijo amablemente uno de los marineros del Seefahrend
cuyo nombre no recordaba que era el piloto nocturno. “Cuando salga el Sol,
veremos Thule, lo presiento” continuó mientras miraba las estrellas y sentía el viento fortalecerse.
“¿Hacia dónde está Vemmer?” le
preguntó el joven.
“Hacia allí” dijo el marinero
señalando hacia el oeste, por donde parecía que se elevara una columna de humo.
“Eh, ¿la estás viendo?”
“Sí…” respondió el joven con pena,
pues se imaginaba lo que estaba pasando.
Se escuchó entonces un estruendo
se oyó y una gran luz iluminó el barco como si ya hubiera salido el Sol. Se apagó.
De nuevo, la blanquecina luminosidad de un nuevo rayo hizo sombra a las velas de
cubierta y un trueno sonoro lo acompañó. Los dos se giraron.
“¿Ves la tormenta, hijo?” preguntó
el marinero, que, repentinamente había empezado a hablar como alguien de su
verdadera edad.
“Sí” respondió el joven con voz
temblorosa.
“Pues pasada ella está Thule…”
calló unos segundos. “¡Toca la campana, corre! ¡Que los dioses se apiaden de
nosotros!”
El joven corrió hacia el mástil e
hizo sonar la campana varias veces con todas sus fuerzas. Los rugidos del
viento, los truenos y los golpes de la lluvia sobre la madera y la tela de la
vela habían invadido el barco.
“Que los dioses se apiaden de
nosotros” pensó el joven mientras veía cómo salían a cubierta el resto de
marineros para enfrentarse a la tempestad.
Frustración, alegría, tristeza, nervios, hilaridad, traición,
hermandad, éxito, familiaridad, éxtasis… forman parte de aquello que sintió su
espíritu mientras viajaba en su mente hacia atrás, hacia aquel oscuro 28 de
marzo de 2016. Rápidamente se dio cuenta de que ya no estaba en la cafetería de
la universidad, sino en su gran templo del saber, en la catedral del
conocimiento, en su inigualable biblioteca. Miró el reloj que llevaba en la
mano y vio cómo empezó a moverse la aguja de los segundos. Se movió rápido
entre las personas que estaban allí yendo hacia sus sitios o escapándose para
descansar y llegó a su mesa. A la mesa en la que todo pasó. A la mesa donde
escribió algunas palabras de más. Todo era tal y como lo recordaba: los dos
sentados juntos, con los nervios a flor de piel, leyendo los apuntes. La
libreta estaba en el mismo sitio, a la espera de ser abierta para lo que
pareció la sentencia de muerte de una amistad.
Se acercó a su yo y se puso a su espalda. Podía ver lo que estudiaba,
pero sabía que su mente estaba en otro sitio. Cogió y soltó el bolígrafo azul
dos veces. Acercó la mano a la libreta y la alejó de nuevo. Volvió a agarrar el
bolígrafo, le puso el tapón y lo quitó otra vez. Miró a su derecha, hacia ella.
Tomó la decisión. Él lo sintió: era el momento. Había llegado la hora. Debía
pararlo… pero, ¿cómo? Nadie le oiría si gritaba, porque era invisible. Nadie
podía sentirle. Nadie sabía que estaba ahí, ni siquiera él mismo. Le puso la
mano izquierda sobre la espalda y, de súbito, él se giró y le miró, sin verle.
¡Le percibía! Entonces tuvo un flash, pero no del pasado, sino del futuro. De
lo que vendría. De lo que no le había pasado ni en tiempos de su yo otoñal.
Comprendió entonces qué debía hacer. No tenía que cambiar nada porque era
necesario que pasara todo. Debía hacerlo para conocer realmente a quién tenía a
su derecha; para demostrarse a sí mismo que era capaz de intentar reconstruir
unos puentes en ruinas de una amistad, aunque desde el otro lado pareciera que
buscaran lo contrario; para poder crecer y, por qué no, ver cómo la justicia
universal podía actuar. Le puso de nuevo la mano sobre el hombro.
-¡Adelante!- gritó, pero sabía que no lo había oído, aunque sí que
había tenido efecto, porque poco después empezó a escribir.
“Aquest és un dels textos més complicats que mai he escrit…” pudo leer
antes de apretar accionar la palanca con la que había llegado hasta allí.
… pasó un tercer segundo y abrió
los ojos. Ella seguía igual de blanca, pero lentamente iba recuperando el
color.
-¿Te… te ha funcionado? –preguntó
con voz temblorosa y con la frente perlada por el sudor y los nervios.
-No –respondió el con
tranquilidad y un amago de sonrisa-. Será que no debía cambiar las cosas... Bueno,
tampoco están tan mal.
Dicho esto, cogió el croissant,
le arrancó una pata, la hundió en el café con leche, que aún mantenía su
temperatura, y se la llevó a la boca. Vio que su respiración estaba volviendo a
ritmos tranquilos y supuso que su corazón ya volvía a latir como en cualquier
otra situación. Él había hecho lo que debía: le había tendido la mano para
volver al punto anterior al momento que casi había cambiado, es decir, le había
hecho ver qué quería: nunca le había hablado tan claro. Ahora le tocaba a ella
mover ficha. Lo que no sabía era que, hiciese lo que hiciese, la aguja de los
segundos siempre vuelve al principio una vez ha empezado a correr. Ella la
activó y la justicia universal haría que terminara la vuelta. El tiempo huye,
pero nada queda impune. Ahora solo tenía que sentarse a esperar y ver cómo se
iban desarrollando los acontecimientos.
-“Quien a hierro mata, a hierro muere” dice el refranero –pensó para
sí y no pudo evitar esbozar una sonrisa maligna.
-¡Qué bueno! Por cierto, ¿cómo te va el máster? –le preguntó
mientras ella echaba azúcar en su café y él guardaba el mágico reloj en el
bolsillo.
El aparato era circular y del tamaño de una moneda. Estaba cerrado y tenía dibujos de relojes de arena en la
cubierta trasera y en la delantera, los números y las agujas fijas: la de las
horas estaba en el tres y la de los minutos, en el seis. Había tres manecillas
en los laterales: dos en el derecho y una en el izquierdo. Tras accionar una de
ellas, se abrió la uno de los lados y pudo ver el interior. Era espectacular.
Cinco pequeñas circunferencias estaban dentro de la grande, pero con tal
perfección que no se tocaban entre sí ni entorpecían los movimientos de las
agujas de la principal.
-¿Por qué es tan extraño? ¿Qué
marca cada una? –preguntó sorprendida, porque realmente nunca había visto nada
igual.
-Porque permite viajar en el
tiempo. De hecho, no estoy seguro de si es así, pero he seguido las
instrucciones de un orfebre que hizo uno igual hace mucho tiempo… -hizo una
pausa- aunque no se sabe si lo consiguió o no. Esa fue su última obra –la miró
y sintió la misma extrañeza de antes y decidió omitir más detalles sobre la
construcción del reloj-. Bueno, cada esfera señala una cosa: el día la de la
esquina superior derecha; el mes, la de la izquierda; el año, la que está a la
derecha del mecanismo principal; los segundos, la que está a la izquierda; el lugar,
la de la parte de abajo; y las horas y los minutos los marca la esfera
principal.
Ella no se creía lo que estaba
viendo y escuchando.
-Se ha vuelto loco -pensó-. Si
se oyera diríaque habla otra persona.
Y, ¿cómo pretendes que esto funcione? ¿Vas a desaparecer? –le dijo con un tono
de burla temerosa porque siempre le había oído decir que no había nada peor que
un loco con ideas… ¡y en ese momento lo era él!
-No lo sé –le respondió
sinceramente-. Yo solo voy a programar el lugar, día, mes, año y hora a la que
quiero llegar y apretaré la solitaria manecilla.
Mientras lo decía, accionó las
agujas de la esfera mayor con la palanca que aún no había usado del lado
derecho. Las puso a mediodía. Cuando estuvo listo, apretó una vez más y empezó
a moverse la de los segundos hasta la misma posición. Luego la de los días,
luego semanas y años hasta que quedó fijado el viaje para el 28 de marzo de
2016. El lugar fue fácil de establecer: Barcelona.
-¡Todo está listo! –exclamó
feliz- Ahora solo he de apretar y viajaré para cambiar las cosas. No cometeré
el mismo error otra vez –y sonrió.
-Pero, ¿de verdad quieres hacer
esto? –le dijo ya con algo de pánico porque vio que iba en serio-. ¿Vale la
pena cambiar todo por una palabra de más?
-Sí –respondió con frialdad-. No
puedo modificar lo que yo querría porque solo puedo influir en mí mismo, no en
los demás, así que sí. Hay cosas que no podré evitar, que ocurrirán, pero otras
no. Yo voy a retocar estas. ¡Hasta la próxima!
Dichas estas palabras, accionó la
palanca de la izquierda y, súbitamente, cerró los ojos, como si estuviera
dormido o meditando. Por eso nadie se extrañó. Tampoco apreciaron los que veían
esa escena cómo le cambió la cara a un blanco cadáver a la chica porque sabía
que, si no se había equivocado, nada iba a ser igual y estaba contenta con la
nueva situación. Con todas sus fuerzas rezó para que abriera los ojos. Pasó un
segundo; luego, otro…
Era un día otoñal en el que el frío viento movía las hojas caídas y avisaba de lo que se acercaba. La universidad, lugar
dónde mucha gente de los alrededores pasaba las horas, estaba llena de vida:
desde los alumnos con el reloj retrasado que siempre iban corriendo de aula en
aula para, sin éxito, llegar a tiempo, hasta los que con una puntualidad
británica estaban sentados en su sitio de clase con todo listo, pasando por los
amantes de la libertad, del aire fresco y alérgicos a las habitaciones cerradas
que se pasaban el día en el patio… aunque ese en concreto estaban cobijados
entre las paredes de la cafetería con chocolates calientes y cervezas. Entre
toda esta fauna, había uno que, si bien pertenecía a los dos primeros grupos,
esta vez estaba escondido entre los últimos, en una mesa tranquila, mirando al
infinito mientras jugaba a hacer girar con lo que parecía una moneda más ancha
de lo habitual entre un café con leche fría y un croissant de chocolate. De
fondo oía sin escuchar las conversaciones sobre un evento ocurrido en otro país
que había sorprendido a todos: algo totalmente inesperado que iba a abrir un
escenario mundial imprevisto.
Una brisa fría que se coló cuando
una joven entró en el lugar le sacó de su ensimismamiento y levantó la mano
izquierda para hacerle señas a la recién llegada. Esta, tras hacer lo mismo, se
dirigió a la barra para pedirse un café solo. Iba tan elegante como siempre, de
hecho, él no recordaba nunca haberla visto mal vestida. Con movimientos gráciles,
con la taza en una mano y el bolso lleno en otra, cruzó la sala, llegó hasta la
mesa, dejó su café delante del croissant y el bolso en una silla vacía y se
sentó. En ese mismo momento, la supuesta moneda paró de rodar y, antes de que
golpeara la mesa, él la cogió con la mano derecha, mientras la miraba a los
ojos.
-Buenos días –dijo él con una
sonrisa no acompañada por los ojos, que mostraban emociones contradictorias.
-¡Buenos días! –le respondió
ella, radiante y sonriente-. Hacía mucho que no sabía de ti… ¿estabas enfadado?
¿Te ha pasado algo? –preguntó ella con extrañeza.
-No… -respondió él mirando la
moneda-, he estado pensando, ordenando mi cabeza, descansando…
Ella no dijo nada porque sabía
que había empezado a divagar y no quería interrumpir su discurso. Le conocía
mejor de lo que él creía.
-…y he decido que quiero volver
atrás en el tiempo y cambiar alguna cosa que ha pas…-estaba diciendo cuando
ella hizo un movimiento ligero pero seco con la mano para cortarle.
-No digas eso, lo que te pasó no
puedes cambiarlo –empezó ella a hablar-. Ha sido así y, por algún motivo, tenía
que ocurrir. Sé que… -pero no terminó porque le dio un ataque de risa,
probablemente porque más le valía reír que llorar.
-No, no, no –negó cuando ya se
había calmado-. No hablo de eso –continuó fríamente-. Efectivamente, eso no
puedo cambiarlo, pero no pienso ahora en ello. Hablo de nosotros. De lo que
nos ha pasado. Quiero retroceder para cambiar algo que dije. Para evitar que
saliera de mi bolígrafo una palabra de más en una tarde de encierro estudiantil
de finales de marzo. Para no escribir la carta que nos hizo más mal que bien…
Mientras decía esto había abierto
su mano derecha. Lo que parecía una moneda, bien lejos de eso, era realmente un
reloj de bolsillo muy especial.
Ya han pasado casi cinco meses desde
que se fue, desde que pasó de acompañarnos en carne y hueso a hacerlo igual,
pero espiritualmente; desde que empezó a caminar con nosotros a nuestro lado sin
que podamos verlo. Ya han
pasado cinco meses desde que mi padre se marchó y ahora, por fin, he encontrado
la fuerza para escribir esto. Antes de continuar debo hacer dos avisos:
primero, esto que sigue está inspirado en lo que mi hermano leyó el día del
funeral de mi padre a lo que yo no pude añadir nada porque era perfecto;
segundo, alternaré entre la primera persona del singular y del plural porque
hablo en mi nombre y en el de aquellos que le queríamos.
¿Qué puedo decir de él? Fue una
persona cariñosa, agradable, sonriente y que nunca dudó en echar una mano a
quien le pidiera ayuda. Fue alguien que jamás se lo pensó dos veces en darlo
todo por aquellos a quienes más quería. Aun cuando vivimos separados por los
kilómetros que hay entre su casa y Barcelona, siempre se aseguró de que no nos
faltara nada para poder tener una buena educación y crecer así como personas.
Sí, gracias a él tuve unas oportunidades que me han marcado para siempre. A
modo de ejemplo, él quiso que fuera a Irlanda a hacer varias estancias allí
para aprender inglés y de ahí nació en mí un amor no solo por las lenguas
extranjeras, sino también por la bella
isla. Curiosamente, ese fue el último viaje que compartimos, una semana en
Irlanda, de la que solo traje buenos recuerdos. También me propuso él que fuera
a Ginebra y Bremen, donde conocí a gente maravillosa y aprendí mucho. Eso,
que es parte de mi educación académica y humana, se lo agradezco enormemente.
Ahora bien, eso no es todo, ni
mucho menos. Algo tan nimio como ser siempre agradecido y querer a quienes me
rodean con todo mi corazón y alma también lo aprendí de él. Estos valores así
como la importancia del trabajo diario y el esfuerzo los adquirí de mi padre y no solo
porque lo dijera, sino porque lo vi durante toda su vida. Siempre me enseñó a
dar lo máximo de mí mismo en todo aquello que hiciera, a poner el máximo empeño
para hacerlo perfecto.
Visto en retrospectiva, solo
tengo palabras de agradecimiento para él. Gracias por haberme acompañado
durante casi 22 años de mi vida. Gracias por haberme guiado por el camino en el
que me encuentro ahora. Gracias por haber colaborado a que llegara a donde
estoy proporcionándome una buena formación académica y dándome las
oportunidades que me has brindado. Gracias por crear en mí inquietudes para
aprender, escribir, leer; por enseñarme la importancia de ser responsable y
constante, de ser buen amigo de mis amigos y cuidarles siempre. ¡Gracias por
todo, papá!
No hace falta que lo diga, pero
estoy seguro que sabe que en nuestro corazón nunca morirá, que siempre estará
con nosotros caminando, que siempre nos guiará y, cuando la oscuridad cubra
nuestra ruta a buen puerto, él hará de faro y nos dirá qué camino debemos
tomar.
Por supuesto, tu marcha no fue un
“adiós”, ni un “adieu”, sino un “hasta
la vista” o “au revoir”, porque nos
encontraremos de nuevo. Porque volveremos a estar todos reunidos de nuevo. Te
queremos muchísimo. Para terminar con
este pequeño homenaje a mi padre, citaré a François Mauriac, que dijo una vez “la muerte no nos roba los seres amados. Al
contrario, nos los guarda y nos los inmortaliza en el recuerdo”. Estoy
totalmente de acuerdo: ¡qué gran verdad!
Love Never Dies es la segunda parte del mítico musical The Phantom of the Opera. El clásico
termina en la guarida del Fantasma bajo el edificio de la ópera con el Fantasma
sentado en su trono cubierto por su capa y una joven Meg Giry levantándola y
encontrando únicamente la máscara. El Fantasma se había desvanecido y todos
creían que había desaparecido para siempre. Ahora bien, Love Never Dies prueba que no es así, que están todos equivocados:
el Fantasma está vivo. De esta manera, en esta secuela, para Christine Daaé y
su marido, el pasado vuelve a visitarles. Como no lo he visto, no puedo decir
cómo termina, pero me sirve para introducir algo que, recientemente, me pasó a
mí. Para introducir a un personaje que llevaba tiempo oculto, pero que tarde o
temprano, iba a resurgir. No negaré que yo provoqué esto con ciertas preguntas
que hice… Bueno, dejémonos de cháchara y vamos a la historia. Esto es lo que
pasó…
Hace años, unos cuantos ya,
cuando este blog no era más que un recién nacido, escribí esta entrada sobre un comentario que escuché, pero nunca llegué a saber el
nombre de quien lo hizo… hmm o quizás sí, pero mi cerebro quiso que lo
olvidara. Pasó el tiempo y cual estrella fugaz, me reencontré con esta persona,
pero volví a guardar la información en un lugar tan escondido de mi cabeza, que
no pude recuperarla cuando, hará un año, más o menos, le saqué el tema a un
amigo, pero no recordaba nada. ¡Qué mala pata! Unos meses más tarde, él fue
quien lo sacó, pero nadie recordaba el nombre, sí la historia de la entrada.
Estaba escrito, nunca iba a saber quién era o cómo se llamaba la chica que
afirmó que eran un pasatiempo… No obstante, el tiempo se ríe de nosotros y
quiso que volviéramos a coincidir (¿es posible que interviniera la mano del
hombre? ¡Quién sabe!). Pues eso, que el pasado me visitó.
La situación fue la siguiente,
había estado yo disfrutando de los fuegos artificiales de La Mercè 2016 desde
el puente que lleva al MareMagnum de Barcelona y me quise unir a quiénes me
habían avisado de cuándo y dónde eran. Acabado el espectáculo y poco antes de
irme después de haber fracasado en mi búsqueda, me dijeron dónde estaban y,
contento, allí fui. Llegué y vi que su mesa era más grande de lo esperado y con
más gente de la que yo contaba. Mientras cogía una silla y me sentaba analicé
las caras: la mayoría me sonaban bastante –aunque quizás no pudiera ponerles
nombre a todas- y dos eran casi totalmente desconocidas. Creo que a una la
había visto en una de las fiestas/reuniones de amigos de la gran y mítica
anfitriona de Vía Augusta con Amigó, pero la otra… la cara de la otra… sabía
que la había visto antes: ¿en un sueño? ¿En un momento pasado? Ni idea, no
dejaba de ser un fantasma. Rápidamente, alguien presentó a la que ya me sonaba
y, a la vez, alguien trajo el pasado de vuelta: “¿recuerdas que me preguntaste
quién afirmó que las matemáticas del social era un pasatiempo? ¿La reconoces en
esta mesa?” La chica de la cara perdida en el tiempo empezó a reír. Entonces,
comprendí. Fue ella. Alguien del pasado había vuelto y aparecido en mi
presente. Muchas risas. Después de hablar un rato, saber qué había sido de
todos los de la mesa, pues había algunos de los que no sabía nada desde hacía
tiempo, y recordar anécdotas perdidas en las arenas del tiempo, acepté que, en
cierto sentido, ella siempre había tenido razón: las matemáticas del social
podían ser perfectamente vistas como un pasatiempo para los del
tecnológico.
Para poner un punto final a esto,
fue un placer haberme encontrado con todos vosotros el sábado noche y poder
terminar esta historia para que se quede en una mera anécdota. ¡Gracias a todos
y fue un placer veros a todos! ¡Hasta la próxima!
Estábamos en los magníficos jardines botánicos de Cap Roig, un lugar único
en el que la contaminación lumínica brilla por su ausencia. La noche era clara:
no había ninguna nube en el cielo y la luz de la Luna casi llena iluminaba casi
tanto como el alumbrado del recinto. Se podían palpar los nervios. “Les anunciamos
que el concierto empezará en 10 minutos” se oyó. La gente empezó a abandonar la
zona de cena-pica-pica. Números impares por el lado derecho, pares y
presidencia por el izquierdo. “Les anunciamos que el concierto empezará en 5
minutos”. Los espectadores retrasados se arremolinaban en los sitios de espera
para que las azafatas les guiaran hasta sus asientos mientras que los que se habían
equivocado de lado cruzan las gradas por debajo. Tocaron las 22h en Calella de Palafrugell: “El
concierto está a punto de empezar”. Ya estaba todo el mundo sentado y en el
escenario los de la organización echaron un último vistazo para asegurarse de que
no faltara nada: los dos tin whistles de
Andrea en su micro, guitarras y bajos, el violín de Sharon, el teclado, una de
las guitarras de Jim y la elevada batería de Caroline. Todo estaba listo.
Así empezó el concierto
Pasaban pocos minutos cuando, con el escenario vacío, se hizo la oscuridad.
Aumentaron los nervios entre el público: estaba a punto de empezar. Pulverizaron
agua. El público entrevió movimientos en el negro escenario. Soplaba el viento
y movía el telón de fondo. ¿Será eso lo que hemos visto? Nos preguntamos. ¡No! Estamos
seguros de que eran personas en el escenario. Empezaron los aplausos. “Jim”
gritó alguien en las primeras filas. Se escuchó música profunda y unos
platillos. Se iluminó tenuemente la batería en el mismo instante en que esta
empiezó a sonar. Durante unos segundos, la situación no cambió: un misterioso
baterista estaba tocando, pero seguía en la penumbra. Aumentó el ritmo y
terminó el misterio. Focos laterales y superiores de luces blancas iluminaron
de manera intermitente a Caroline Corr demostrando su dominio sobre la batería.
El guitarrista, Anthony Drennan, y el bajista, Keith Duffy, ya estaban
colocados uno a cada lado de Caroline. Jim, en su teclado. Continuó el solo de
batería hasta que, repentinamente, paró y se apagó de nuevo la luz. Entonces,
sonaron los primeros acordes de “I do what I like”, canción del nuevo álbum White Light, con el escenario iluminado
de azul cuando Sharon entró en escena cruzando el escenario saludando y sonriendo.
Entró la batería a la canción y, cuando empezaron las primeras voces, apareció,
como si flotara, Andrea dando saltos pequeños hasta el micrófono. Estaban allí.
Era cierto. Los cuatro hermanos de Dundalk estaban allí y su música. Era un
sueño hecho realidad.
The Corrs cantando "I do What I Like"
Terminada la canción, Andrea se nos dirigió en catalán agradeciendo que
estuviéramos allí y deseando que disfrutáramos mucho del concierto. Acto
seguido, cambió al inglés para expresar su admiración por el sitio y por la
noche que había quedado. Consiguió que, durante unos segundos, todo el público
mirara la Luna casi llena al decir que era increíble poder tocar con una Luna
tan bonita. Siguieron con un clásico suyo “Give me a reason” y después con la
primera canción en la que el violín de Sharon hizo más bien de fiddle: la gran “Forgiven not
forgotten”. A continuación, volvieron con un tema de White Light, “Bring on the night”, profundo y triste por hablar de
pérdidas aunque con un toque de esperanza por saber que habrá un reencuentro
con los que no están.
“Yeah bring on the
night, I don't care
Turn on the dark, I'm not scared
Spirit money to a flame
Ask that I'll see you again (that I'll see you again)
Yeah bring on the night, I don't care
Turn on the dark, I'm not scared
Wherever it is you left me behind
I'll follow you down the path of my broken heart”
Después tocaron la canción que presentaron en el DVD del MTV Unplugged de
1999: “Radio”.
Fragmento de "Radio"
Empezó entonces lo que yo considero como segunda parte del concierto. La
más íntima, la más irlandesa, aquella en la que más se abrieron al público.
Esta empezó con el anclaje de dos clásicos instrumentales, “Lough Erin Shore” y
“Joy of Life”, en los que Caroline cambió la batería por la caja y el bodhrán,
la voz de Andrea se cambió por el sonido del tin whistle y el violín de Sharon pasó a ser un fiddle.
"Lough Erin Shore & Joy of Life"
Después llegó el turno del clásico entre los clásicos de The Corrs: los
hermanos cantaron y tocaron, mano a mano, “Runaway”. Esta es una de las
canciones más melodiosas que tienen y la que fue su primer single. Los hermanos
nos animaron dieron su beneplácito para cantar parte del estribillo: ¡cantar
junto a The Corrs, quién me lo iba a decir!
La siguiente fue “With me stay”, que además de canción, como dijo Andrea,
era una oración. Ésta está dedicada a sus padres, ya fallecidos los dos. La
canción, que fue emotiva porque nos llegó a todos –en mi caso, hasta el corazón
por el fallecimiento de mi padre hace ya casi tres meses-, nos mostró como
Andrea, además del tin y las voces, también, con mucho arte, toca el ukelele.
“Let love light your
way
Forever always with me stay
I'll live while I'm alive
Forever always with me stay
With me stay”
The Corrs justo antes de empezar a tocar With Me Stay
Esta fue seguida por “Ellis Island”, canción que toca una temática de
rabiosa actualidad, las migraciones –aunque en este caso hablaba de los
irlandeses que se fueron a los Estados Unidos y que eran recibidos por la
Estatua de la Libertad en Ellis Island-.
“We'll grow up
together
Far away from home
Crossed the sea and ocean
To the land of hope (…)
Thanking Ellis Island
Thank you, USA (…)
Every man and woman
Every girl and boy (…)
Sing a song of hope
Sing for us together
Sing we're not alone
Sing we'll go back someday”
Esta parte terminó con “Buachaill On Eirne”, una canción tradicional
irlandesa que cantaron en gaélico irlandés de su álbum Home (2005) que estaba en un libro de canciones tradicionales que
tenía su madre.
Aquí empezó la parte final del concierto. Aquí volvieron de la mística Irlanda
a la Europa moderna y nos ahorraron el estar sentados todo este rato. Primero,
con el famoso “Only When I sleep”, seguido por la maravillosa “Queen of
Hollywood”. Después le tocó el turno a otro tema de White Light, “Kiss of Life”, y recuperaron el cover de Fleetwood
Mac, “Dreams”, la alegre –a pesar de lo que explica- “I never loved you anyway”
y terminaron con una canción sobre la energía y la juventud: “So Young”.
“And it really doesn't
matter that we don't eat
And it really doesn't matter if we never sleep
No it really doesn't matter, really doesn't matter at all
‘Cause we are so young now, we are so young, so young now
And when tomorrow comes, we can do it all again”
Así se despidieron del público y abandonaron el escenario. Pero la gente,
que no habíamos tenido suficiente y queríamos todavía más, les aclamamos y
aplaudimos para que volvieran. Sin dudarlo, lo hicieron manteniendo el ritmo
con el que habían abandonado el escenario. Tres grandes temas nos regalaron.
Primero, de White Light, “White Light”,
la canción del álbum que había supuesto su retorno a los escenarios. La
segunda, una de las más conocidas en España, “Breathless”. Para cerrar el
concierto, nos enseñaron –como ya hicieron años atrás- cómo juntar el ritmo
tradicional irlandés con la música moderna con una magnífica versión de “Toss
the Feathers”.
Sharon, Andrea, Caroline (fondo) y Jim Corr tocando Toss the Feathers
¿Qué sentí yo en este concierto? Fue algo
espectacular, inigualable e increíble. Sin duda alguna, uno de los mejores
conciertos en los que he estado. La espera de casi 10 años ha valido muchísimo
la pena. Además, para que negarlo, gracias a eso, los fans hemos estado más ávidos
de The Corrs y hemos disfrutado muchísimo más. Los hermanos han vuelto a
demostrar que son músicos de verdad y que, para ellos, los vídeos de fondo o el
espectáculo están en segundo plano. Ellos, únicamente con sus instrumentos –y aquí
incluyo, sin dudarlo, la voz- son capaces de hacer magia, de hacer rugir a
todo el público, de hacerlos levantarse de las sillas en un momento, en el
siguiente hacerles pensar en aquellos que les han dejado y luego transportarles
a bosques y pastos –y, por qué no, a algún pub también- de su amada patria,
Irlanda.
Andrea parecía que volara por el escenario con
los saltos y vueltas que daba. Cualquiera diría que era una hada salida de un
bosque frondoso de los valles de Wicklow.
Andrea Corr
Sharon demostró que era la reina del fiddle, que las cuerdas no podían resistirse
ni a sus dedos ni al arco dominado por ella.
Sharon Corr
Caroline nos enseño su poder sobre los
instrumentos de percusión y su dominio sobre ellos, tanto cuando acompañaba a
sus hermanos, como cuando hacía solos.
Caroline Corr
Jim completó la magia con guitarras y
teclado. Nos permitieron viajar en el tiempo, por el mundo y a nuestro interior
en dos horas.
Jim Corr
Fue mágico. Además de ser muy cercanos
y amigables, no solo por agradecer todo en catalán, castellano e inglés, sino
también por salir a firmar autógrafos y a hacerse fotos después del concierto.
Aunque algunos nos tuviéramos que ir antes y nos quedáramos sin esa foto o
firma, en realidad quisimos regalarnos una excusa para poder ir a verles cuando
hagan una nueva gira con su próximo álbum (¡que lo habrá!).
Yo con The Corrs de fondo
Muchísimas gracias a The Corrs y a los organizadores del Festival de Cap Roig por haber hecho posible este espectáculo vivido la pasada noche del 15 de agosto de 2016.
Hace más o menos cuatro años -¿cuatro ya? ¡Cómo vuela el tiempo!- me
dijeron que podía estudiar en Derecho en la Universidad Pompeu Fabra, en
Barcelona. Hace cuatro años, en un julio igual de caluroso que este, fui a
matricularme. Era la tercera vez que entraba en el recinto de la universidad,
solo que esta vez no era ni para dar una calculadora ni para asistir a la
graduación de mi hermano, sino para empezar una nueva etapa en mi vida.
Estuve un rato largo haciendo cola y mis nervios aumentaban minuto a
minuto. Cada vez estaba más cerca. Finalmente, llegó mi turno. Di mi nombre, comprobaron
que efectivamente estuviera entre los admitidos y me pidieron que sacara un
papel de una urna de cristal que había allí. “¿Para qué es?” pregunté. “Para
saber en qué grupo estarás”. Sin darle mucha importancia, hice caso y, entre
otros números, estaba escrito 02. Así, por azar o por obra del destino, se me
asignó el grupo de compañeros con los que viviría, principalmente, los cuatro
años de carrera. El grupo en el que conocería a gente que ahora parece que sean
compañeros de toda la vida.
El grupo 2 casi en su totalidad (Foto de Natia Kardava)
Foto de parte del Grupo 2 (Foto de Alumni UPF)
¿Qué me llevo de este tiempo? Primero, los momentos. Desde los más simples e
inofensivos minutos previos a empezar una clase en los que nos solíamos
encontrar siempre los mismos, hasta las largas horas de encierro en la biblioteca,
el Dipòsit de les Aigües –el templo del conocimiento, la catedral de la
sabiduría-, pasando por las pausas, los descansos, las quedadas para hacer
seminarios y las horas en la cafetería comiendo o, simplemente, viendo el
tiempo pasar. Segundo, las experiencias, tanto en el ámbito universitario más
estricto, como exponer trabajos ante un público en su mayoría desconocido, como
en uno algo más distendido, como ha sido presentar a la Associació d’Estudiants
Thomas More, de la que con mucho orgullo soy miembro, en las conferencias que
esta organizaba.
Tercero, algo que entraría en todas las categorías pero que debo reservarle
una individual: el Erasmus. Esta ha sido la experiencia que más huella me ha
dejado y de la que tengo recuerdos que me acompañarán siempre. Ese magnífico
trimestre y medio que pasé en Ginebra. Este sí que fue algo inolvidable: no
solo por los momentos allí vividos, como la primera experiencia de vida fuera
de una familia –pues antes siempre había estado con familias, aunque fueras
desconocidas-, sino también por los amigos allí hechos: gente con la que he
mantenido el contacto hasta el punto de llegar a viajar para reencontrarnos.
Parte de "The Cookies" -(izquierda a derecha) Agathe, Gloria, Ferran, Rachel y yo- en Gràcia (Foto de Gloria Bonmatí)
(Izquierda a derecha) Irini, Clàudia, Rachel, Agathe, Ferran, Pauline, Gloria y yo en la mitad de la subida al Mont Salève, junto a Ginebra (Foto de Rachel Louise Turner)
Cuarto y último, pero no por ello menos importante –lo bueno se guarda para
el final, ¿no?-, los amigos y compañeros. Esta nueva familia que me dio el azar
–o el sabio señor destino- al hacer que sacara ese papel en concreto y no el
del anterior o posterior, que fueron a otros grupos. Aquí, en esta categoría, incluyo también a todos aquellos que eran de otros años del grado en Derecho, a los que estudian otras carreras y a aquellos que vinieron a Barcelona en su intercambio, estuvieron solo unos meses, pero que aún así me han marcado profundamente -tanto como los compañeros de mi tiempo en el intercambio-. Este grupo con el que he
vivido intensamente los momentos y experiencias descritas y aquellas que se
quedan en el tintero, pero que viven para siempre en mi mente. Esta gente de la
que no puedo sino enorgullecerme y con la que espero seguir encontrándome en
los años venideros. Esta gente a la que considero mi familia elegida.
(izquierda a derecha) Francesc, Gemma, Marta, Abel, Cristina, Dayana, yo, Claudia, Núria y Carlos
(derecha a izquierda) Carlos, Francesc, Abel, Rebeca y yo
Miembros integrantes del llamado Grupo 1,5 (Fotos de Alumni UPF y Carlos Camarasa)
Grupo del Prácticum en Oficinas Judiciales -(izquierda a derecha) Ferran, Anna, yo e Ivana- (Foto de Ivana Prats)
Marta y yo (Foto de Abel González)
Dayana, Claudia y yo (Foto de Claudia)
Francesc, Carlos y yo (Foto de Rafa Martínez)
Natia, la super delegada, y yo (foto de Rafa Martínez)
Francesc, Laia y yo (foto de Laia Mas)
Xavi, Jorge y yo (Foto de Jorge Fort)
Ahora, ya estamos graduados. Hace cuatro años, nos embarcamos en una
travesía en la que hemos sobrevivido a tempestades huracanadas y a calmas
chichas; en la que hemos tenido momentos con el viento en popa en los que
íbamos a toda vela y otros en los que las velas han tenido que ser izadas para que
la velocidad a la que íbamos no destrozase nuestro navío. No obstante, ahora
hemos llegado a buen puerto. Hemos llegado al final del camino y hemos vuelto a
tierra. Ahora, cada uno debe continuar sus pasos. Es muy probable, que algunos
tomemos de nuevo el mismo barco y sigamos años juntos, mientras que otros
tomarán otras rutas. Ha sido un placer compartir con todos vosotros este
camino.
Rafa, mi hermano, y yo (Foto de Andrea Canovas)
No puedo evitar terminar haciendo una mención especial a nuestros seres
queridos, tanto los que están como los que nos han dejado, que, sin duda
alguna, han sido un apoyo gracias al cual hemos podido llegar hasta aquí.