domingo, 22 de julio de 2018

El desembarco


Nubes negras se acercaban  por el este. Las órdenes se vociferaban de barco en barco. Los remos empezaron a moverse y las naves avanzaron hacia la orilla. Poco después, encallaron.

Desembarcaron todos los tripulantes. Los diez primeros de cada navío fueron a preparar una zona en la que establecer el campamento para resguardarse y pasar la noche. Los siguientes veinte llevaban cajas, barricas y sacos con toda la mercancía que transportaban. Seguidamente, los domadores sacaron a los caballos y caminaron con ellos para que se acostumbraran de nuevo a estar en tierra firme. Los últimos en salir fueron los capitanes junto con sus guardias. Se reunieron todos cerca del barco del general.

Su pelo canoso y su mirada cansada delataban que era el mayor de los presentes. Su acento, aunque atenuado por su tiempo surcando los mares y luchando en guerras ajenas, revelaba que era thuliano.

–Recordad  –les dijo–, sois comerciantes. Mañana, después de formar una guarnición con miembros de cada uno de vuestros clanes para que se queden guarneciendo los barcos, iréis a la ciudad y acamparéis con el resto de personas de este gremio. Haced que vuestros soldados y sus familias no lo olviden. Nadie debe saber quiénes sois realmente. Me uniré a vosotros ahí. Antes debo ponerme al día de la situación del reino.

–Sí, señor –respondieron. Nada de lo que les había dicho les sorprendió. Ya les había explicado su objetivo antes de embarcarse.

El general se dirigió al domador que tenía su caballo y los de su guardia.

–¿Están listos? –le preguntó–. No cabalgarán más de dos kilómetros.

–Irán más lentos de lo habitual, mi señor –contestó el joven–, pero no deberían verse impedidos.

–Muchas gracias, domador –le respondió–. Nos vamos –dijo mirando a los dos soldados que le acompañaban.

Un rayo iluminó la escena. Un segundo después, le acompañó el trueno. Montaron y apaciguaron a los animales. Las primeras gotas acariciaron las manos del general mientras se ponía la capucha.

Minutos más tarde, tres sombras en forma de jinetes trotaban por la arena bajo un manto de lluvia fina. Su destino era un edificio situado sobre una colina próxima a la playa.

lunes, 9 de julio de 2018

Finales, principios y mochilas

Cerrar etapas. Dejar mochilas atrás. Recordar que uno no es un sherpa… ¿Será ya el momento de ponerse a ello?

Es posible que te eche de menos. Bueno, también puede ser que únicamente quiera un final alternativo, menos frío, menos… destructivo. Sí, no soy perfecto y el orgullo me hizo actuar de una manera determinada en el último contacto. ¿Lo merecías? ¡No! ¿Lo merecía? Creo que no. Sí, fue un agrio desenlace seguido del silencio, mi gran amigo –o eso digo para consolarme–, a quien yo mismo llamé.

El primer curso académico en mi nueva etapa en la universidad está a punto de terminar. Los errores cometidos ya están anotados para no volverlos a repetir: ahora toca aprender como hasta ahora han hecho –espero– los estudiantes que han caminado conmigo estos meses. Los proyectos a medio plazo siguen. Esos no dan tregua. Adelante.

¿Seré capaz de hacer esto con otros aspectos de mi vida? ¿Aprenderé a liberarme de mis cargas tal y como hice cuando salí del retiro en Roscrea hace ahora casi un año? Esta es la verdadera cuestión.

miércoles, 8 de noviembre de 2017

Un lugar especial

Dormía plácidamente cuando lo que parecía el sonido de unas alas lo despertó. Abrió los ojos y vio que estaba en el jardín de una gran mansión.

“¡Qué raro! Juraría que estaba durmiendo en mi cama” pensó.

Dio unos pasos hacia la casa y vio que había gente vestida en colores muy claros, casi blanco. Parecía que brillaban. Siguió caminando y abrió la puerta de cristal.

“¡Cuánta paz! ¡Qué bien se está aquí!” cruzó su mente en el momento en que entró en el edificio.

Caminó a través de dos habitaciones y llegó a un gran salón. Había poca gente y estaba a punto de salir cuando, con el rabillo del ojo, vio que unas personas vestidas de un color puro le miraban fijamente con una sonrisa grande en la boca. Ladeó la cabeza y reconoció los rostros de cuatro personas a las que quería, pero había, en cierto modo, perdido. Uno hacía ya unos años; los otros tres, hacia menos.  Se acercó y sus ojos se tornaron vidriosos mientras unas lágrimas recorrían sus mejillas.

“No llores” dijo el más joven de entre ellos.

“No estés triste” dijo la mujer.

“Os estaremos esperando” añadió el más anciano.

“Pero no tengáis prisa” completó el tercer hombre, aquel que había sido el primero en irse.

“Os cuidaremos desde aquí y os protegeremos” cerró el que primero había hablado.


Las lágrimas siguieron derramándose pero ya estaba tranquilo. Era todo lo que necesitaba oír. Cerró los ojos un momento porque le escocían. Los abrió de nuevo y vio el techo de su habitación de nuevo. Esta vez estaba más tranquilo que cuando se acostó. Sabía que estaban todos bien, que estaban felices, que no sufrían, que descansaban.

domingo, 23 de julio de 2017

Caminos

“Dicen que no hay dos caminos iguales” empezó a decir la figura oculta de la luz en la esquina de la taberna. “Y eso no puedo negarlo, pero sí hay indicios que te hacen pensar que este camino es parecido a otro que ya has recorrido”.

“¿Qué dice ese ahora?” preguntó al aire un parroquiano habitual con una jarra de cerveza en la mano que alzó hacia el anónimo y vertió parte del contenido sobre el suelo.

“¡Eh! No te exaltes” le espetó dueño del local. “Paga sus bebidas y no ofende a nadie, así que puede hablar tranquilamente. Si no quieres escucharle, tráete otra persona con la que hablar. Aunque te recomiendo que le des una oportunidad, suele decir cosas interesantes”.

El parroquiano miró con ira al hombre, dió un bufido y pegó un trago a la jarra: entre lo tirado y lo bebido, la mitad había desaparecido.

“Gracias, jefe, pero no hacía falta: suele pasarme” dijo el hombre oculto en la sombra con un tono risueño. “A lo que iba: no hay dos caminos iguales. Lo puedo asegurar: he recorrido muchos tanto a caballo, como a pie, como en una jaula de camino a una prisión, pero ninguno era idéntico al otro. ¿Parecidos? Sin duda”. Se llevó el vaso que tenía a la boca. Bebió. Lo alzó y lo volvió a apoyar en su sitio. Cerró los ojos y levantó la cabeza para oler la mezcla del aroma de la madera de las paredes del edificio con el del fuego y el de los alimentos servidos entre la gente que estaba allí en ese momento. Es tan acogedor, pensó,  es como si estuviera de nuevo en casa. “Esto me recuerda a algo… Sí. Me acuerdo. Lo veo…” se hizo el silencio. “Cerrad los ojos y mirad vosotros también” les ordenó.

“Estáis siguiendo un sendero curvo que atraviesa un bosque. Podéis oler la naturaleza: la lluvia recién caída, los tréboles, el césped, los arbustos, las nomeolvides y otras flores que crecen alrededor del camino que seguís. Algunos árboles se entrelazan entre sí ahora. Más tarde se unen de los dos lados y os cubren del Sol, haciendo así que sintáis escoltados, protegidos. A lo lejos, aparece un claro con una pequeña casa de madera. Vais directos hacia ella porque es allí donde os dirigís. Habéis llegado, por fin. Abrís la puerta y dais un paso. De repente, oscuridad. Estáis cayendo. Las paredes de madera se ven sustituidas por unas de tierra oscura. Alzáis la cabeza. Os estáis alejando de la luz. Miráis con miedo hacia abajo. Oscuridad. Nada. Entonces, una mano os ase con fuerza, dais una sacudida, pero vuestra caída acaba. Volvéis la vista hacia arriba y una gran luz os impide identificar a quien está tirando de vosotros hacia arriba. Estáis cegados, pero sabéis que alguien os está ayudando. Cuando os dais cuenta, ya no estáis siendo llevados a la luz, sino que estáis una vez más en la superficie: donde habíais visto una casa, ahora no hay más que un agujero. Agradecéis al aire, al Creador, al Ser Supremo que os ha ayudado y os vais de allí para no volver. Nunca.” Pasan unos segundos. Nadie dice nada.

“Pasado un tiempo, estáis avanzando por un camino ancho entre dos campos de trigo. Camináis tranquilamente hasta que, lentamente, cambia el paisaje. Lo que antes eran explanadas sin fin, ahora son explanadas de árboles. Alzáis la vista y veis que estáis entrando en un bosque. El sotobosque os es familiar, pero nunca lo habíais visto antes porque esta región es nueva para vosotros. Apreciáis en él tréboles y algunas flores diminutas con pétalos azules. Algunos árboles se entrelazan y, por la frondosidad del lugar, otros unen sus ramas superiores para daros cobertura. Repentinamente, observáis una bifurcación: un camino os lleva a un claro con una posada que tiene un carro y cuatro caballos  atados, mientras que el otro os lleva al corazón del bosque… o eso creéis, porque no veis que hay más allá. Estáis hambrientos, sabéis que en la posada podréis descansar y un carretero –cuyo carro puede ser que sea el que veis… o no– que salió por la mañana, antes que vosotros, os recomendó pasar porque tenían la mejor comida de la región. Ahora bien, en la última aldea os dijeron que en el corazón del bosque se hallan ocultos secretos que todo viajero quiere descubrir.

Es cierto, los caminos pueden volver a encontrarse, puede ser que confluyan en la posada. También es posible que no sea así. Tenéis motivos para seguir cualquiera de los dos: el hambre, los consejos, la búsqueda, la curiosidad, el miedo… El primer camino os es familiar, pero puede que no sea igual que aquel que recordáis y, si lo fuera, tampoco sabéis si volveréis a ser salvados. El segundo no sabéis cómo será: solo que el hambre hará estragos, el cansancio también y, por ello, sufriréis, pero a eso os podréis acostumbrar.  Es una disyuntiva total: o uno u otro, pero no los dos. ¿Cuál escogeríais?”

Cuando pronunció la última palabra, con un suave movimiento de mano, se puso un sombrero, dejó caer unas monedas junto al vaso a medio y se fue. Caminó unas horas y se paró en seco. Ante él podía ver un camino complicado, con florecitas azules, en el que a través de la comprensión de la tierra, podría salvar cualquier obstáculo y llegar al refugio al que parecía dirigir donde sería acogido con gratitud y algún tipo de estima. Ahora bien, junto a este, había otro. Otro en el que sabía que no habría tanta estima por aquellos que le esperaban en el refugio y que incluso podía dañar a alguien de ahí, pero que quizás podía liberarle. Sí, sabía que algo le dolería porque se apartaría silenciosamente de gente a la que quería –y, como en el primero, había nomeolvides que se lo recordarían-, pero eso podría llevarle a encontrar algo mágico. Le llevaría al corazón del bosque.

Recordó entonces al poeta Frost, que decía:

Dos caminos se bifurcan en un bosque y yo,
yo tomé el menos transitado
y eso hizo toda la diferencia


Sabía que tenía que avanzar, pero tenía miedo por lo que podría pasar, por la diferencia que iba a hacer, si tomaba, como en el fondo de su corazón susurraba una voz, el que se apartaba del refugio.

miércoles, 31 de mayo de 2017

Sueños

Desde la ventana podía ver una gran duna que terminaba en una orilla y en algo parecido al mar… era extraño: habría jurado que la intención era ir a la montaña, pero bueno. No podía quejarme ya que esas eran las vistas que tenía desde una ventana panorámica en una habitación bastante grande. A la vez, algo turbaba mi espíritu: estaba intranquilo, nervioso, alterado.

Ensimismado por lo que tenía delante y lo que sentía por dentro, no la escuché llegar. La noté cuando me rodeó con sus brazos. Con calma me giré para poder mirarle a los ojos amables y cálidos y nos fundimos en un profundo abrazo. Fue mágico: me calmó y se llevó mis pesares. La tempestad que se había levantado en mi interior se disipó de súbito. Me apreté más a ella y sus largos cabellos marrón oscuro me cubrieron parte de la cabeza. Claro, comprendí, me sentía desprotegido y por eso necesitaba ese abrazo, ese contacto humano: estaba como alejado de la realidad, perdido. En todo caso, parecía que ella había obrado mágicamente en mi interior. Ahora, estaba en paz.

“Dicen que esa arena no quema y es muy fina. Se puede caminar bien por ella” dije sin separarme de ella, con los ojos mirando al infinito sobre el agua y agradecido de que estuviera allí.

“Vayamos entonces a la orilla del lago, ya haremos senderismo mañana. Voy a cambiarme” respondió con una sonrisa mientras nos separábamos y se fue a otra zona de la habitación.

“Me parece perfecto. Yo también” dije, aunque me chocaba que no hubiera recordado antes que las montañas estaban al otro lado y que, si bien es cierto que no veía la otra orilla, eso no era ni de lejos un mar.

Hacía poco que habíamos llegado y las maletas estaban recién deshechas. Me acerqué a un armario donde tenía guardadas las ropa de baño, cuando la puerta se abrió. Entró entonces una pareja de mediana edad y empezaron a ocupar la mitad de la habitación que nosotros no habíamos tocado.

“¡Buenos días!” saludaron al unísono con alegría.

“¡Bienvenidos!” les devolví el saludo

Parecía que tuvieran experiencia en viajes porque sin cruzarse muchas palabras y, en pocos minutos, su gran equipaje estaba ya guardado y las maletas cerradas. Yo lo vi mientras, sin fijarme, cogía una camiseta verde. Entonces, ella apareció con vestido de seda ligero de color esmeralda. ¡Habíamos escogido el mismo color! Sonreímos con la cara y los ojos. Se acercó y nos entrelazamos una vez más, pero esta vez fue más breve.

“Nos vemos abajo” me dijo sin perder su sonrisa.

“Hasta ahora” respondí con alegría.

Ella caminó hacia la puerta, la abrió y la cruzó. Súbitamente, todo se volvió oscuro. Parecía que todo estaba desapareciendo. ¡Qué pasaba! ¡¿Por qué ocurría?!

Se hizo el silencio. Solo oía mi respiración agitada. Un ruido llegó de fondo. Se aproximaba una música tranquila. Un fogonazo de luz la acompañaba.

“¡Buenos días, Ignacio! Hora de despertarte” me dije.


Me sorprendió que siguiera recordando de manera tan vívida y real aquello soñado. Lo escribí rápidamente para, más tarde, poder convertirlo en una pequeña narración y, mientras lo hacía, recordé eso que se dice de: “si sueñas con una persona, es que ella también está pensando en ti”. Mi pregunta es: ¿pensando de la misma forma? Bueno, será mejor no saberlo.

domingo, 26 de marzo de 2017

Un nuevo amanecer

La tormenta se desató hacia el final de la noche. Los guardias de Skellig vieron cómo azotaba las aguas y cómo el dios del trueno descargaba su ira.

“Espero que no haya ningún barco por ahí ahora” dijo uno cubierto con su capa. “Y si lo hay, que los dioses se apiaden de las almas de sus tripulantes”.

“¡Seguro que lo hay!” respondió contundentemente el otro. “Mañana empieza la gran feria de Narbe y algún mercader del sur querrá ser el primero en llegar. Aunque con esta noche, las aguas y las rocas ocultas, no sé yo si se acercaran a nuestras costas…”

Un rayo cayó y les pareció ver que no impactaba sobre las aguas. Poco tardó el trueno en hacerse oír.

En ese mismo momento, en el edificio colindante al Gran Salón, una niña de unos nueve años despertó súbitamente. Corrió a la cama de sus padres y empezó a dar golpecitos en el brazo de su padre para despertarle.

“Papá, papá” dijo la niña mientras dejaba el antebrazo descansar. “Papá, despierta. Va a llegar ahora. Con la tormenta.”

“Hija” dijo el padre con voz ronca y mirando a su hija. “¿Qué dices? Ves a dormir. No va a venir nadie ahora”. Cerró los ojos de nuevo.

“Papá” repitió la niña. “Lo he visto. Las otras veces tenía razón y era tarde cuando íbamos. Por favor, papá” insistió “vamos a la playa. Depende de nosotros.”

“Venga, Keiran” dijo Brianna, su esposa, con calma, pues sabía que era la única manera de convencerle. “Sally tiene razón. Ya ha demostrado que ve cosas que están a punto de pasar. Acompáñala con alguno de tu guardia personal a la playa. Si no hay nadie, estará tranquila; pero si sí lo hay, ya no estará de nuevo en silencio tanto tiempo por no haber salvado una vida.”

“Vale” cedió él. “Sally, ponte una capa y despierta a tu hermano Oisin. Yo avisaré a Cormac para que prepare cuatro caballos.”

Unos quince o veinte minutos después, cuatro figuras montadas cruzaron el pueblo y llegaron hasta la puerta donde dos guardias admiraban la tormenta desatada sobre el mar y que se empezaba a alejar.

“¡Abrid la puerta!” gritó Keiran a los guardias.

“Ahora vamos, señor” dijo uno, que bajó rápidamente de la torre, la abrió y les facilitó el paso. Las cuatro sombras tomaron el camino hacia el agua. Se perdieron en la oscuridad.

Clareaba un poco cuando los caballos empezaron a cabalgar sobre la fina arena de la playa. Podían ver a lo lejos, entre las rocas, los despojos de un barco y trozos de madera, cajas y barriles a la deriva y en la playa. De repente, la niña galopó hacia la orilla.

“¡Sally!” gruñó su padre. “¿Qué haces? ¡Detente!” Y arrancó tras ella. Cormac y Oisin poco tardaron en hacer lo mismo.

La pequeña de los cuatro, ignorando los gritos de Keiran, no se paró porque le había parecido ver algo más junto a uno de los maderos. Llegó a la ribera y saltó del caballo para adentrarse en el agua. Con sus manos agarró un trozo de madera y lo atrajo hacia sí. Tan concentrada estaba en su tarea que no escuchó como se apeaban ni su padre ni su hermano ni el guarda y se situaban junto a ella. Entre los cuatro llevaron el trozo de madera a la arena. Solo entonces se dieron cuenta de por qué había escogido ese: encima estaba un joven tumbado, quieto y cubierto con una capa oscura y empapada y algo de sangre en la cara.

“Sigue vivo” dijo Sally convencida y con serenidad. “Lo sé, pero hay que llevarle rápidamente junto a un fuego. Si no, no habrá servido de nada venir a buscarlo.”

“Oisin, ayúdame a quitarle la capa” ordenó el padre. “En cuanto esté hecho, cógela, corre al caballo y vuela hacia el pueblo para que abran las puertas. Iremos directamente a nuestra casa, sin parar. Cormac” continuó y le miró, “me ayudarás a montarlo en mi caballo y luego cerrarás el grupo” dijo mientras él asentía con calma. “Sally, tú cabalgarás entre Cormac y yo. No paréis hasta llegar a casa. Tú no dirás nada de esto a nadie” miró al guardia de nuevo, quien sonrió. “Gracias” le dijo Keiran. “¡Vamos!”.

Todos hicieron como había dicho. Oisin llegó el primero para prevenir a los guardias de que debían tener la puerta abierta para cuando llegara su padre. Mientras, Cormac y Keiran habían subido al joven al caballo. Sally veía todo y temblaba, pues temía por la vida del joven. Empezaba a verse el Sol por el horizonte.


Cabalgaron raudos y entraron sin problemas en el pueblo. Sally abrió la puerta de la casa y los adultos descargaron al chico y lo llevaron en brazos hasta el brasero que estaba en el centro y que Brianna había revivido en cuanto los cuatro habían marchado. Le tendieron, le quitaron las ropas mojadas y le pusieron unas mantas y pieles encima para que entrar en calor cuanto antes. Esperaron. El tiempo pasaba muy lentamente. Vieron que las mantas se movían. Empezó a toser y sacó parte del agua que había tragado. Se crisparon por cómo se movió por si se ahogaba. Se acercaron a él. Paró. Volvió a cerrar los ojos, pero respiraba con algo más de normalidad. Todos se calmaron. Los rayos del Sol que acababa de salir entraron por la puerta e iluminaron la habitación.

sábado, 4 de marzo de 2017

Ein Gedicht

Me gustas cuando callas...
pero aún más cuando ríes,
cuando rompes el silencio con una carcajada,
cuando lo mejoras con tu voz suave.

Me gustas cuando sonríes
con la boca y con los ojos;
Cuando muestras esa sonrisa que ilumina
como ese faro que guía al navegante en la noche de tormenta,
como la Luna llena en una noche clara,
como el fuego de la cabaña para el caminante perdido en la oscuridad.

Me gusta cuando te veo,
Porque haces de mi día una alegría.
Siempre que estás cerca,
no puedo estar triste.
Mas cuando tú lo estás,
solo quiero alejar de ti ese dolor,
aunque esto, a veces, roce lo imposible



viernes, 24 de febrero de 2017

La Tempestad

“Rápido” rugió el capitán, que acababa de subir a cubierta alertado por la campana, “a vuestros puestos todos. Wilhelm, Hassan y Sean, corred a atar y asegurar el cargamento. No podemos permitir que una brisa de viento nos rompa la mercancía” les gritó a tres marineros, que bajaron rápidamente a la bodega.

“Haz tú lo mismo” le dijo el piloto al joven. “Estarás más seguro allá abajo que aquí arriba… El viento está rolando y nos lleva directamente hacia la tormenta” continuó mirando hacia los rayos que iluminaban la oscura noche. “Y sobre todo, no te ates a nada: es mejor que saltes al agua y que intentes agarrarte a algún madero”.

“Sí, señor” le respondió con agradecimiento y corrió hacia las escaleras por las que los otros tres habían ido. Mientras bajaba vio que la lona de la vela central estaba tensa hacia adelante por el fuerte viento que empujaba el navío.

“¡Soltad los cabos! A vuestros puestos, marineros, vamos a enfrentarnos una vez más a la diosa de los mares y al poderoso señor del Trueno” gritó el capitán, mientras la tripulación se ponía en su sitio, llevaban aquello que no podía asegurarse en cubierta a la bodega y fijaban el resto de barriles como podían. Con el viento en popa, el Seefahrend se acercaba a la tormenta.

Los golpes de mar habían tirado algunas cajas al suelo de la bodega, pero los cuatro estaban apilándolas y las ataban en los espacios del centro de la bodega para ello. Apenas hablaban. Tronaba de fondo. Apila, asegura y ata. Una luz blanquecina ilumina la bodega. Desaparece. Otro trueno. Apila, asegura y ata. Aparte de algún gruñido, poco más decían además de murmurar oraciones a sus distintas deidades para que les salvara.

“Hombre al agua” se oye que gritan desde cubierta cuando una gran ola golpea el costado del barco.

“No temas, joven” dice Hassan alzando la voz para que se le escuchara por encima de los truenos y el agua brava. “Nuestro capitán ha navegado a través de cientos de tormentas y nunca ha naufragado…”

“…Este barco jamás se hundirá” termina Wilhelm  con una gran sonrisa mientras hace el último nudo al cargamento.

“Karl, ¡mantén el timón recto para evitar cruzar la tormenta!¡Hemos de intentar rodearla!” se escuchó de nuevo al capitán.

Cayó agua por la trampilla para acceder a la bodega y se oyó el rasgarse la vela. Rápidamente, Hassan y Wilhelm subieron.

“Que los dioses nos asistan y la Diosa te guíe en tu camino” dijo Sean al joven antes de seguir a sus compañeros.

Él seguía abajo como le había dicho el timonel, pero cada vez oía más gritos. Sabía que estaría más seguro donde estaba que en cubierta. Cayó más agua por la trampilla.

“Capitán, ¡veo la costa de Thule!” se oyó a Sean gritar entre trueno y trueno.

“Mantén el rumbo, piloto” respondió el capitán. “Aunque la vela esté rota vamos a llegar. ¡Lo sé!”

Súbitamente, un rayo impactó en el palo mayor y lo partió. Se desató el infierno. El joven salió de la bodega y vio caer una parte al agua llevándose con ella a algunos marineros que no habían podido apartarse a tiempo. Una gran ola impactó el costado del barco y lo hizo bascular. Otra rompió contra la popa y se llevó al piloto. El joven corrió hacia donde estaba el hombre, pero solo estaba el timón. El capitán, desbocado, corrió hacia allí para tomar el control del barco. Una cuerda se tensó cuando al barril que sujetaba se lo llevó el océano. No la vio. Tropezó. Se golpeó en la cabeza. Quedó inmóvil en el suelo.

Una nueva luz blanquecina bajó del cielo iluminando la escena. El barco se dirigía hacia unas piedras. En cubierta solo estaba el cuerpo inerte del capitán movido por el agua que llegaba con las olas. El resto del mástil ya había caído. Los tripulantes estaban desaparecidos: o habían saltado o se los había llevado la diosa de los mares. Solo un alma seguía allí, pero estaba atemorizada.
“¡Salta!” creyó oír la voz del timonel.

Miró hacia adelante: las rocas primero, Thule al fondo. Sabía que el barco estaba condenado. Miró a su alrededor. Una ola le golpeó la cara y lo tiró al suelo. Se levantó de nuevo. Echó la vista a las aguas. Gracias a un rayo vio trozos de madera a la deriva. Los truenos seguían escuchándose. Había uno cerca del barco. Estaba llegando a las piedras. El momento era ahora. Estaba listo. Entonces, chocó el Seefahrend y salió despedido.

 El impacto contra el agua fue como si cayera sobre una capa de hielo que se rompió con el contacto de su cuerpo. Se hundía. Tragó agua. Abrió los ojos para ver pero el frío le obligó a cerrarlos. Hizo un esfuerzo para nadar hacia lo que creía que era la superficie. Haces de luces blancas le guiaban. Hizo tantas brazadas como podía con los brazos entumecidos por la baja temperatura. Sintió el aire en las yemas de los dedos. Un último esfuerzo. Se estaba quedando sin aire. Sacó la cabeza y respiró. Por fin. Tragó más agua por una ola, pero consiguió mantenerse a flote. Sus ojos tardaron en acostumbrarse. Creyó ver Thule y nadó hacia allí. El esfuerzo sobrehumano acabó en cuanto encontró un trozo de madera a la deriva. Se agarró a él e intentó subirse. A pesar del cansancio lo consiguió. Estaba agotado, tenía el cuerpo frío y dolorido. Se cubrió con la capa. Cerró los ojos y se dejó llevar por la corriente. La madera impactó contra una roca y él se golpeó la cabeza. Todo se volvió oscuro y helado. Perdió el conocimiento.


La tempestad había pasado. El Seefahrend estaba hecho añicos entre las rocas. Algunos trozos iban a la deriva, ya fuera hacia las costas de Thule o hacia el centro del océano. Algunos cuerpos estaban flotando sin vida junto con los remos, barriles y restos del mástil; otros, se habían perdido en las profundidades con las mercancías. Un último trozo, que estaba en un punto entre las dos corrientes, sostenía un cuerpo que respiraba débilmente. La última cola de la tormenta proveniente del centro de las aguas alcanzó la madera y la empujó en la dirección opuesta. 

miércoles, 15 de febrero de 2017

El piloto nocturno

“¿Me traerás nieve la próxima vez que vengas a Loughstadt?” dijo una niña de unos diez años al muchacho que estaba sentado junto a ella, que no debía tener más de doce.

“Sí, lo haré” respondió él con una sonrisa, mientras  pensaba cómo iba a traerla sin que se deshiciera. 

“Y si no pudiera, la próxima vez te llevaré conmigo allá arriba, al castillo, para que veas cómo es el valle y el camino”.

Mientras él hablaba, ella dejó de escuchar los pasos de los caminantes que cruzaban el puente en el que estaban sentados con los pies colgando y el traqueteo de los carros con mercancías provenientes de la ciudad comercial de Vemmer. Sus ojos se abrieron como platos porque jamás había salido de los alrededores de Loughstadt. Por fin podría ver aquellos paisajes que él le describía cuando bajaba. Al fin sentiría la protección de los frondosos bosques que cubrían las montañas. Finalmente vería nieve que no se iba al tocar el suelo.

“¡Bien!” respondió mientras le ponía el brazo izquierdo sobre los hombros y le acercaba la cabeza con una mueca de felicidad…

Un fuerte golpe de su cabeza contra la pared de la bodega del barco le sacó de su ensimismamiento. “Nunca le llevé la nieve ni la acompañé, sino que le dejé una carta y me fui sin decir nada” pensó con tristeza mientras seguía en su esquina protegido con su capa. Suponía que llevaba un rato dormido, pero ¿cuánto? Esa era una gran pregunta. Se levantó y caminó un poco entre el cargamento para estirar un poco las piernas que se le habían agarrotado. Después, subió a cubierta.

“Eh, joven, ¡por fin sales!” le dijo amablemente uno de los marineros del Seefahrend cuyo nombre no recordaba que era el piloto nocturno. “Cuando salga el Sol, veremos Thule, lo presiento” continuó mientras miraba las estrellas y sentía el viento fortalecerse.

“¿Hacia dónde está Vemmer?” le preguntó el joven.

“Hacia allí” dijo el marinero señalando hacia el oeste, por donde parecía que se elevara una columna de humo. “Eh, ¿la estás viendo?”

“Sí…” respondió el joven con pena, pues se imaginaba lo que estaba pasando. 

Se escuchó entonces un estruendo se oyó y una gran luz iluminó el barco como si ya hubiera salido el Sol. Se apagó. De nuevo, la blanquecina luminosidad de un nuevo rayo hizo sombra a las velas de cubierta y un trueno sonoro lo acompañó. Los dos se giraron.

“¿Ves la tormenta, hijo?” preguntó el marinero, que, repentinamente había empezado a hablar como alguien de su verdadera edad.

“Sí” respondió el joven con voz temblorosa.

“Pues pasada ella está Thule…” calló unos segundos. “¡Toca la campana, corre! ¡Que los dioses se apiaden de nosotros!”

El joven corrió hacia el mástil e hizo sonar la campana varias veces con todas sus fuerzas. Los rugidos del viento, los truenos y los golpes de la lluvia sobre la madera y la tela de la vela habían invadido el barco.


“Que los dioses se apiaden de nosotros” pensó el joven mientras veía cómo salían a cubierta el resto de marineros para enfrentarse a la tempestad.

domingo, 20 de noviembre de 2016

El viajero en el tiempo (Un reloj de bolsillo III)

Frustración, alegría, tristeza, nervios, hilaridad, traición, hermandad, éxito, familiaridad, éxtasis… forman parte de aquello que sintió su espíritu mientras viajaba en su mente hacia atrás, hacia aquel oscuro 28 de marzo de 2016. Rápidamente se dio cuenta de que ya no estaba en la cafetería de la universidad, sino en su gran templo del saber, en la catedral del conocimiento, en su inigualable biblioteca. Miró el reloj que llevaba en la mano y vio cómo empezó a moverse la aguja de los segundos. Se movió rápido entre las personas que estaban allí yendo hacia sus sitios o escapándose para descansar y llegó a su mesa. A la mesa en la que todo pasó. A la mesa donde escribió algunas palabras de más. Todo era tal y como lo recordaba: los dos sentados juntos, con los nervios a flor de piel, leyendo los apuntes. La libreta estaba en el mismo sitio, a la espera de ser abierta para lo que pareció la sentencia de muerte de una amistad.

Se acercó a su yo y se puso a su espalda. Podía ver lo que estudiaba, pero sabía que su mente estaba en otro sitio. Cogió y soltó el bolígrafo azul dos veces. Acercó la mano a la libreta y la alejó de nuevo. Volvió a agarrar el bolígrafo, le puso el tapón y lo quitó otra vez. Miró a su derecha, hacia ella. Tomó la decisión. Él lo sintió: era el momento. Había llegado la hora. Debía pararlo… pero, ¿cómo? Nadie le oiría si gritaba, porque era invisible. Nadie podía sentirle. Nadie sabía que estaba ahí, ni siquiera él mismo. Le puso la mano izquierda sobre la espalda y, de súbito, él se giró y le miró, sin verle. ¡Le percibía! Entonces tuvo un flash, pero no del pasado, sino del futuro. De lo que vendría. De lo que no le había pasado ni en tiempos de su yo otoñal. Comprendió entonces qué debía hacer. No tenía que cambiar nada porque era necesario que pasara todo. Debía hacerlo para conocer realmente a quién tenía a su derecha; para demostrarse a sí mismo que era capaz de intentar reconstruir unos puentes en ruinas de una amistad, aunque desde el otro lado pareciera que buscaran lo contrario; para poder crecer y, por qué no, ver cómo la justicia universal podía actuar. Le puso de nuevo la mano sobre el hombro.

-¡Adelante!- gritó, pero sabía que no lo había oído, aunque sí que había tenido efecto, porque poco después empezó a escribir.

“Aquest és un dels textos més complicats que mai he escrit…” pudo leer antes de apretar accionar la palanca con la que había llegado hasta allí.

… pasó un tercer segundo y abrió los ojos. Ella seguía igual de blanca, pero lentamente iba recuperando el color.

-¿Te… te ha funcionado? –preguntó con voz temblorosa y con la frente perlada por el sudor y los nervios.

-No –respondió el con tranquilidad y un amago de sonrisa-. Será que no debía cambiar las cosas... Bueno, tampoco están tan mal.

Dicho esto, cogió el croissant, le arrancó una pata, la hundió en el café con leche, que aún mantenía su temperatura, y se la llevó a la boca. Vio que su respiración estaba volviendo a ritmos tranquilos y supuso que su corazón ya volvía a latir como en cualquier otra situación. Él había hecho lo que debía: le había tendido la mano para volver al punto anterior al momento que casi había cambiado, es decir, le había hecho ver qué quería: nunca le había hablado tan claro. Ahora le tocaba a ella mover ficha. Lo que no sabía era que, hiciese lo que hiciese, la aguja de los segundos siempre vuelve al principio una vez ha empezado a correr. Ella la activó y la justicia universal haría que terminara la vuelta. El tiempo huye, pero nada queda impune. Ahora solo tenía que sentarse a esperar y ver cómo se iban desarrollando los acontecimientos.

-“Quien a hierro mata, a hierro muere” dice el refranero –pensó para sí y no pudo evitar esbozar una sonrisa maligna.

-¡Qué bueno! Por cierto, ¿cómo te va el máster? –le preguntó mientras ella echaba azúcar en su café y él guardaba el mágico reloj en el bolsillo.

viernes, 11 de noviembre de 2016

Un loco con ideas (Un reloj de bolsillo II)

El aparato era circular y del tamaño de una moneda. Estaba cerrado y tenía dibujos de relojes de arena en la cubierta trasera y en la delantera, los números y las agujas fijas: la de las horas estaba en el tres y la de los minutos, en el seis. Había tres manecillas en los laterales: dos en el derecho y una en el izquierdo. Tras accionar una de ellas, se abrió la uno de los lados y pudo ver el interior. Era espectacular. Cinco pequeñas circunferencias estaban dentro de la grande, pero con tal perfección que no se tocaban entre sí ni entorpecían los movimientos de las agujas de la principal.

-¿Por qué es tan extraño? ¿Qué marca cada una? –preguntó sorprendida, porque realmente nunca había visto nada igual.

-Porque permite viajar en el tiempo. De hecho, no estoy seguro de si es así, pero he seguido las instrucciones de un orfebre que hizo uno igual hace mucho tiempo… -hizo una pausa- aunque no se sabe si lo consiguió o no. Esa fue su última obra –la miró y sintió la misma extrañeza de antes y decidió omitir más detalles sobre la construcción del reloj-. Bueno, cada esfera señala una cosa: el día la de la esquina superior derecha; el mes, la de la izquierda; el año, la que está a la derecha del mecanismo principal; los segundos, la que está a la izquierda; el lugar, la de la parte de abajo; y las horas y los minutos los marca la esfera principal.

Ella no se creía lo que estaba viendo y escuchando.

-Se ha vuelto loco -pensó-. Si se oyera diría que habla otra persona. Y, ¿cómo pretendes que esto funcione? ¿Vas a desaparecer? –le dijo con un tono de burla temerosa porque siempre le había oído decir que no había nada peor que un loco con ideas… ¡y en ese momento lo era él!

-No lo sé –le respondió sinceramente-. Yo solo voy a programar el lugar, día, mes, año y hora a la que quiero llegar y apretaré la solitaria manecilla.

Mientras lo decía, accionó las agujas de la esfera mayor con la palanca que aún no había usado del lado derecho. Las puso a mediodía. Cuando estuvo listo, apretó una vez más y empezó a moverse la de los segundos hasta la misma posición. Luego la de los días, luego semanas y años hasta que quedó fijado el viaje para el 28 de marzo de 2016. El lugar fue fácil de establecer: Barcelona.

-¡Todo está listo! –exclamó feliz- Ahora solo he de apretar y viajaré para cambiar las cosas. No cometeré el mismo error otra vez –y sonrió.

-Pero, ¿de verdad quieres hacer esto? –le dijo ya con algo de pánico porque vio que iba en serio-. ¿Vale la pena cambiar todo por una palabra de más?

-Sí –respondió con frialdad-. No puedo modificar lo que yo querría porque solo puedo influir en mí mismo, no en los demás, así que sí. Hay cosas que no podré evitar, que ocurrirán, pero otras no. Yo voy a retocar estas. ¡Hasta la próxima!


Dichas estas palabras, accionó la palanca de la izquierda y, súbitamente, cerró los ojos, como si estuviera dormido o meditando. Por eso nadie se extrañó. Tampoco apreciaron los que veían esa escena cómo le cambió la cara a un blanco cadáver a la chica porque sabía que, si no se había equivocado, nada iba a ser igual y estaba contenta con la nueva situación. Con todas sus fuerzas rezó para que abriera los ojos. Pasó un segundo; luego, otro…

miércoles, 9 de noviembre de 2016

Un reloj de bolsillo

Era un día otoñal en el que el frío viento movía las hojas caídas y avisaba de lo que se acercaba. La universidad, lugar dónde mucha gente de los alrededores pasaba las horas, estaba llena de vida: desde los alumnos con el reloj retrasado que siempre iban corriendo de aula en aula para, sin éxito, llegar a tiempo, hasta los que con una puntualidad británica estaban sentados en su sitio de clase con todo listo, pasando por los amantes de la libertad, del aire fresco y alérgicos a las habitaciones cerradas que se pasaban el día en el patio… aunque ese en concreto estaban cobijados entre las paredes de la cafetería con chocolates calientes y cervezas. Entre toda esta fauna, había uno que, si bien pertenecía a los dos primeros grupos, esta vez estaba escondido entre los últimos, en una mesa tranquila, mirando al infinito mientras jugaba a hacer girar con lo que parecía una moneda más ancha de lo habitual entre un café con leche fría y un croissant de chocolate. De fondo oía sin escuchar las conversaciones sobre un evento ocurrido en otro país que había sorprendido a todos: algo totalmente inesperado que iba a abrir un escenario mundial imprevisto.

Una brisa fría que se coló cuando una joven entró en el lugar le sacó de su ensimismamiento y levantó la mano izquierda para hacerle señas a la recién llegada. Esta, tras hacer lo mismo, se dirigió a la barra para pedirse un café solo. Iba tan elegante como siempre, de hecho, él no recordaba nunca haberla visto mal vestida. Con movimientos gráciles, con la taza en una mano y el bolso lleno en otra, cruzó la sala, llegó hasta la mesa, dejó su café delante del croissant y el bolso en una silla vacía y se sentó. En ese mismo momento, la supuesta moneda paró de rodar y, antes de que golpeara la mesa, él la cogió con la mano derecha, mientras la miraba a los ojos.

-Buenos días –dijo él con una sonrisa no acompañada por los ojos, que mostraban emociones contradictorias.

-¡Buenos días! –le respondió ella, radiante y sonriente-. Hacía mucho que no sabía de ti… ¿estabas enfadado? ¿Te ha pasado algo? –preguntó ella con extrañeza.

-No… -respondió él mirando la moneda-, he estado pensando, ordenando mi cabeza, descansando…

Ella no dijo nada porque sabía que había empezado a divagar y no quería interrumpir su discurso. Le conocía mejor de lo que él creía.

-…y he decido que quiero volver atrás en el tiempo y cambiar alguna cosa que ha pas…-estaba diciendo cuando ella hizo un movimiento ligero pero seco con la mano para cortarle.

-No digas eso, lo que te pasó no puedes cambiarlo –empezó ella a hablar-. Ha sido así y, por algún motivo, tenía que ocurrir. Sé que… -pero no terminó porque le dio un ataque de risa, probablemente porque más le valía reír que llorar.

-No, no, no –negó cuando ya se había calmado-. No hablo de eso –continuó fríamente-. Efectivamente, eso no puedo cambiarlo, pero no pienso ahora en ello. Hablo de nosotros. De lo que nos ha pasado. Quiero retroceder para cambiar algo que dije. Para evitar que saliera de mi bolígrafo una palabra de más en una tarde de encierro estudiantil de finales de marzo. Para no escribir la carta que nos hizo más mal que bien… 

Mientras decía esto había abierto su mano derecha. Lo que parecía una moneda, bien lejos de eso, era realmente un reloj de bolsillo muy especial.

domingo, 16 de octubre de 2016

¡Nunca caerás en el olvido!

Ya han pasado casi cinco meses desde que se fue, desde que pasó de acompañarnos en carne y hueso a hacerlo igual, pero espiritualmente; desde que empezó a caminar con nosotros a nuestro lado sin que podamos verlo. Ya han pasado cinco meses desde que mi padre se marchó y ahora, por fin, he encontrado la fuerza para escribir esto. Antes de continuar debo hacer dos avisos: primero, esto que sigue está inspirado en lo que mi hermano leyó el día del funeral de mi padre a lo que yo no pude añadir nada porque era perfecto; segundo, alternaré entre la primera persona del singular y del plural porque hablo en mi nombre y en el de aquellos que le queríamos.

¿Qué puedo decir de él? Fue una persona cariñosa, agradable, sonriente y que nunca dudó en echar una mano a quien le pidiera ayuda. Fue alguien que jamás se lo pensó dos veces en darlo todo por aquellos a quienes más quería. Aun cuando vivimos separados por los kilómetros que hay entre su casa y Barcelona, siempre se aseguró de que no nos faltara nada para poder tener una buena educación y crecer así como personas. Sí, gracias a él tuve unas oportunidades que me han marcado para siempre. A modo de ejemplo, él quiso que fuera a Irlanda a hacer varias estancias allí para aprender inglés y de ahí nació en mí un amor no solo por las lenguas extranjeras, sino  también por la bella isla. Curiosamente, ese fue el último viaje que compartimos, una semana en Irlanda, de la que solo traje buenos recuerdos. También me propuso él que fuera a Ginebra y Bremen, donde conocí a gente maravillosa y aprendí mucho. Eso, que es parte de mi educación académica y humana, se lo agradezco enormemente.

Ahora bien, eso no es todo, ni mucho menos. Algo tan nimio como ser siempre agradecido y querer a quienes me rodean con todo mi corazón y alma también lo aprendí de él. Estos valores así como la importancia del trabajo diario y el esfuerzo los adquirí de mi padre y no solo porque lo dijera, sino porque lo vi durante toda su vida. Siempre me enseñó a dar lo máximo de mí mismo en todo aquello que hiciera, a poner el máximo empeño para hacerlo perfecto.

Visto en retrospectiva, solo tengo palabras de agradecimiento para él. Gracias por haberme acompañado durante casi 22 años de mi vida. Gracias por haberme guiado por el camino en el que me encuentro ahora. Gracias por haber colaborado a que llegara a donde estoy proporcionándome una buena formación académica y dándome las oportunidades que me has brindado. Gracias por crear en mí inquietudes para aprender, escribir, leer; por enseñarme la importancia de ser responsable y constante, de ser buen amigo de mis amigos y cuidarles siempre. ¡Gracias por todo, papá!

No hace falta que lo diga, pero estoy seguro que sabe que en nuestro corazón nunca morirá, que siempre estará con nosotros caminando, que siempre nos guiará y, cuando la oscuridad cubra nuestra ruta a buen puerto, él hará de faro y nos dirá qué camino debemos tomar.

Por supuesto, tu marcha no fue un “adiós”, ni un “adieu”, sino un “hasta la vista” o “au revoir”, porque nos encontraremos de nuevo. Porque volveremos a estar todos reunidos de nuevo. Te queremos muchísimo.  Para terminar con este pequeño homenaje a mi padre, citaré a François Mauriac, que dijo una vez “la muerte no nos roba los seres amados. Al contrario, nos los guarda y nos los inmortaliza en el recuerdo”. Estoy totalmente de acuerdo: ¡qué gran verdad!


¡Hasta pronto, papá, nunca te olvidaremos!

domingo, 25 de septiembre de 2016

El Pasado vuelve o "¿Las matemáticas un pasatiempo? II"

Love Never Dies es la segunda parte del mítico musical The Phantom of the Opera. El clásico termina en la guarida del Fantasma bajo el edificio de la ópera con el Fantasma sentado en su trono cubierto por su capa y una joven Meg Giry levantándola y encontrando únicamente la máscara. El Fantasma se había desvanecido y todos creían que había desaparecido para siempre. Ahora bien, Love Never Dies prueba que no es así, que están todos equivocados: el Fantasma está vivo. De esta manera, en esta secuela, para Christine Daaé y su marido, el pasado vuelve a visitarles. Como no lo he visto, no puedo decir cómo termina, pero me sirve para introducir algo que, recientemente, me pasó a mí. Para introducir a un personaje que llevaba tiempo oculto, pero que tarde o temprano, iba a resurgir. No negaré que yo provoqué esto con ciertas preguntas que hice… Bueno, dejémonos de cháchara y vamos a la historia. Esto es lo que pasó…

Hace años, unos cuantos ya, cuando este blog no era más que un recién nacido, escribí esta entrada sobre un comentario que escuché, pero nunca llegué a saber el nombre de quien lo hizo… hmm o quizás sí, pero mi cerebro quiso que lo olvidara. Pasó el tiempo y cual estrella fugaz, me reencontré con esta persona, pero volví a guardar la información en un lugar tan escondido de mi cabeza, que no pude recuperarla cuando, hará un año, más o menos, le saqué el tema a un amigo, pero no recordaba nada. ¡Qué mala pata! Unos meses más tarde, él fue quien lo sacó, pero nadie recordaba el nombre, sí la historia de la entrada. Estaba escrito, nunca iba a saber quién era o cómo se llamaba la chica que afirmó que eran un pasatiempo… No obstante, el tiempo se ríe de nosotros y quiso que volviéramos a coincidir (¿es posible que interviniera la mano del hombre? ¡Quién sabe!). Pues eso, que el pasado me visitó.

La situación fue la siguiente, había estado yo disfrutando de los fuegos artificiales de La Mercè 2016 desde el puente que lleva al MareMagnum de Barcelona y me quise unir a quiénes me habían avisado de cuándo y dónde eran. Acabado el espectáculo y poco antes de irme después de haber fracasado en mi búsqueda, me dijeron dónde estaban y, contento, allí fui. Llegué y vi que su mesa era más grande de lo esperado y con más gente de la que yo contaba. Mientras cogía una silla y me sentaba analicé las caras: la mayoría me sonaban bastante –aunque quizás no pudiera ponerles nombre a todas- y dos eran casi totalmente desconocidas. Creo que a una la había visto en una de las fiestas/reuniones de amigos de la gran y mítica anfitriona de Vía Augusta con Amigó, pero la otra… la cara de la otra… sabía que la había visto antes: ¿en un sueño? ¿En un momento pasado? Ni idea, no dejaba de ser un fantasma. Rápidamente, alguien presentó a la que ya me sonaba y, a la vez, alguien trajo el pasado de vuelta: “¿recuerdas que me preguntaste quién afirmó que las matemáticas del social era un pasatiempo? ¿La reconoces en esta mesa?” La chica de la cara perdida en el tiempo empezó a reír. Entonces, comprendí. Fue ella. Alguien del pasado había vuelto y aparecido en mi presente. Muchas risas. Después de hablar un rato, saber qué había sido de todos los de la mesa, pues había algunos de los que no sabía nada desde hacía tiempo, y recordar anécdotas perdidas en las arenas del tiempo, acepté que, en cierto sentido, ella siempre había tenido razón: las matemáticas del social podían ser perfectamente vistas como un pasatiempo para los del tecnológico.


Para poner un punto final a esto, fue un placer haberme encontrado con todos vosotros el sábado noche y poder terminar esta historia para que se quede en una mera anécdota. ¡Gracias a todos y fue un placer veros a todos! ¡Hasta la próxima!

sábado, 20 de agosto de 2016

15.08.2016: The Corrs live in Cap Roig

Estábamos en los magníficos jardines botánicos de Cap Roig, un lugar único en el que la contaminación lumínica brilla por su ausencia. La noche era clara: no había ninguna nube en el cielo y la luz de la Luna casi llena iluminaba casi tanto como el alumbrado del recinto. Se podían palpar los nervios. “Les anunciamos que el concierto empezará en 10 minutos” se oyó. La gente empezó a abandonar la zona de cena-pica-pica. Números impares por el lado derecho, pares y presidencia por el izquierdo. “Les anunciamos que el concierto empezará en 5 minutos”. Los espectadores retrasados se arremolinaban en los sitios de espera para que las azafatas les guiaran hasta sus asientos mientras que los que se habían equivocado de lado cruzan las gradas por debajo.  Tocaron las 22h en Calella de Palafrugell: “El concierto está a punto de empezar”. Ya estaba todo el mundo sentado y en el escenario los de la organización echaron un último vistazo para asegurarse de que no faltara nada: los dos tin whistles de Andrea en su micro, guitarras y bajos, el violín de Sharon, el teclado, una de las guitarras de Jim y la elevada batería de Caroline. Todo estaba listo.

Así empezó el concierto

Pasaban pocos minutos cuando, con el escenario vacío, se hizo la oscuridad. Aumentaron los nervios entre el público: estaba a punto de empezar. Pulverizaron agua. El público entrevió movimientos en el negro escenario. Soplaba el viento y movía el telón de fondo. ¿Será eso lo que hemos visto? Nos preguntamos. ¡No! Estamos seguros de que eran personas en el escenario. Empezaron los aplausos. “Jim” gritó alguien en las primeras filas. Se escuchó música profunda y unos platillos. Se iluminó tenuemente la batería en el mismo instante en que esta empiezó a sonar. Durante unos segundos, la situación no cambió: un misterioso baterista estaba tocando, pero seguía en la penumbra. Aumentó el ritmo y terminó el misterio. Focos laterales y superiores de luces blancas iluminaron de manera intermitente a Caroline Corr demostrando su dominio sobre la batería. El guitarrista, Anthony Drennan, y el bajista, Keith Duffy, ya estaban colocados uno a cada lado de Caroline. Jim, en su teclado. Continuó el solo de batería hasta que, repentinamente, paró y se apagó de nuevo la luz. Entonces, sonaron los primeros acordes de “I do what I like”, canción del nuevo álbum White Light, con el escenario iluminado de azul cuando Sharon entró en escena cruzando el escenario saludando y sonriendo. Entró la batería a la canción y, cuando empezaron las primeras voces, apareció, como si flotara, Andrea dando saltos pequeños hasta el micrófono. Estaban allí. Era cierto. Los cuatro hermanos de Dundalk estaban allí y su música. Era un sueño hecho realidad.


The Corrs cantando "I do What I Like"

Terminada la canción, Andrea se nos dirigió en catalán agradeciendo que estuviéramos allí y deseando que disfrutáramos mucho del concierto. Acto seguido, cambió al inglés para expresar su admiración por el sitio y por la noche que había quedado. Consiguió que, durante unos segundos, todo el público mirara la Luna casi llena al decir que era increíble poder tocar con una Luna tan bonita. Siguieron con un clásico suyo “Give me a reason” y después con la primera canción en la que el violín de Sharon hizo más bien de fiddle: la gran “Forgiven not forgotten”. A continuación, volvieron con un tema de White Light, “Bring on the night”, profundo y triste por hablar de pérdidas aunque con un toque de esperanza por saber que habrá un reencuentro con los que no están.

“Yeah bring on the night, I don't care
Turn on the dark, I'm not scared
Spirit money to a flame
Ask that I'll see you again (that I'll see you again)
Yeah bring on the night, I don't care
Turn on the dark, I'm not scared
Wherever it is you left me behind
I'll follow you down the path of my broken heart”

Después tocaron la canción que presentaron en el DVD del MTV Unplugged de 1999: “Radio”.


Fragmento de "Radio"

Empezó entonces lo que yo considero como segunda parte del concierto. La más íntima, la más irlandesa, aquella en la que más se abrieron al público. Esta empezó con el anclaje de dos clásicos instrumentales, “Lough Erin Shore” y “Joy of Life”, en los que Caroline cambió la batería por la caja y el bodhrán, la voz de Andrea se cambió por el sonido del tin whistle y el violín de Sharon pasó a ser un fiddle. 


"Lough Erin Shore & Joy of Life"

Después llegó el turno del clásico entre los clásicos de The Corrs: los hermanos cantaron y tocaron, mano a mano, “Runaway”. Esta es una de las canciones más melodiosas que tienen y la que fue su primer single. Los hermanos nos animaron dieron su beneplácito para cantar parte del estribillo: ¡cantar junto a The Corrs, quién me lo iba a decir!

La siguiente fue “With me stay”, que además de canción, como dijo Andrea, era una oración. Ésta está dedicada a sus padres, ya fallecidos los dos. La canción, que fue emotiva porque nos llegó a todos –en mi caso, hasta el corazón por el fallecimiento de mi padre hace ya casi tres meses-, nos mostró como Andrea, además del tin y las voces, también, con mucho arte, toca el ukelele.  

“Let love light your way
Forever always with me stay
I'll live while I'm alive
Forever always with me stay
With me stay”

The Corrs justo antes de empezar a tocar With Me Stay

Esta fue seguida por “Ellis Island”, canción que toca una temática de rabiosa actualidad, las migraciones –aunque en este caso hablaba de los irlandeses que se fueron a los Estados Unidos y que eran recibidos por la Estatua de la Libertad en Ellis Island-.

“We'll grow up together
Far away from home
Crossed the sea and ocean
To the land of hope (…)
Thanking Ellis Island
Thank you, USA (…)
Every man and woman
Every girl and boy (…)
Sing a song of hope
Sing for us together
Sing we're not alone
Sing we'll go back someday”

Esta parte terminó con “Buachaill On Eirne”, una canción tradicional irlandesa que cantaron en gaélico irlandés de su álbum Home (2005) que estaba en un libro de canciones tradicionales que tenía su madre.

Aquí empezó la parte final del concierto. Aquí volvieron de la mística Irlanda a la Europa moderna y nos ahorraron el estar sentados todo este rato. Primero, con el famoso “Only When I sleep”, seguido por la maravillosa “Queen of Hollywood”. Después le tocó el turno a otro tema de White Light, “Kiss of Life”, y recuperaron el cover de Fleetwood Mac, “Dreams”, la alegre –a pesar de lo que explica- “I never loved you anyway” y terminaron con una canción sobre la energía y la juventud: “So Young”.

“And it really doesn't matter that we don't eat
And it really doesn't matter if we never sleep
No it really doesn't matter, really doesn't matter at all
‘Cause we are so young now, we are so young, so young now
And when tomorrow comes, we can do it all again”

Así se despidieron del público y abandonaron el escenario. Pero la gente, que no habíamos tenido suficiente y queríamos todavía más, les aclamamos y aplaudimos para que volvieran. Sin dudarlo, lo hicieron manteniendo el ritmo con el que habían abandonado el escenario. Tres grandes temas nos regalaron. Primero, de White Light, “White Light”, la canción del álbum que había supuesto su retorno a los escenarios. La segunda, una de las más conocidas en España, “Breathless”. Para cerrar el concierto, nos enseñaron –como ya hicieron años atrás- cómo juntar el ritmo tradicional irlandés con la música moderna con una magnífica versión de “Toss the Feathers”. 

Sharon, Andrea, Caroline (fondo) y Jim Corr tocando Toss the Feathers

¿Qué sentí yo en este concierto? Fue algo espectacular, inigualable e increíble. Sin duda alguna, uno de los mejores conciertos en los que he estado. La espera de casi 10 años ha valido muchísimo la pena. Además, para que negarlo, gracias a eso, los fans hemos estado más ávidos de The Corrs y hemos disfrutado muchísimo más. Los hermanos han vuelto a demostrar que son músicos de verdad y que, para ellos, los vídeos de fondo o el espectáculo están en segundo plano. Ellos, únicamente con sus instrumentos –y aquí incluyo, sin dudarlo, la voz- son capaces de hacer magia, de hacer rugir a todo el público, de hacerlos levantarse de las sillas en un momento, en el siguiente hacerles pensar en aquellos que les han dejado y luego transportarles a bosques y pastos –y, por qué no, a algún pub también- de su amada patria, Irlanda. 

Andrea parecía que volara por el escenario con los saltos y vueltas que daba. Cualquiera diría que era una hada salida de un bosque frondoso de los valles de Wicklow. 

Andrea Corr 
Sharon demostró que era la reina del fiddle, que las cuerdas no podían resistirse ni a sus dedos ni al arco dominado por ella. 

Sharon Corr

Caroline nos enseño su poder sobre los instrumentos de percusión y su dominio sobre ellos, tanto cuando acompañaba a sus hermanos, como cuando hacía solos.

Caroline Corr
Jim completó la magia con guitarras y teclado. Nos permitieron viajar en el tiempo, por el mundo y a nuestro interior en dos horas. 
Jim Corr
Fue mágico. Además de ser muy cercanos y amigables, no solo por agradecer todo en catalán, castellano e inglés, sino también por salir a firmar autógrafos y a hacerse fotos después del concierto. Aunque algunos nos tuviéramos que ir antes y nos quedáramos sin esa foto o firma, en realidad quisimos regalarnos una excusa para poder ir a verles cuando hagan una nueva gira con su próximo álbum (¡que lo habrá!). 

Yo con The Corrs de fondo

Muchísimas gracias a The Corrs y a los organizadores del Festival de Cap Roig por haber hecho posible este espectáculo vivido la pasada noche del 15 de agosto de 2016.



martes, 5 de julio de 2016

¡Graduados!

Hace más o menos cuatro años -¿cuatro ya? ¡Cómo vuela el tiempo!- me dijeron que podía estudiar en Derecho en la Universidad Pompeu Fabra, en Barcelona. Hace cuatro años, en un julio igual de caluroso que este, fui a matricularme. Era la tercera vez que entraba en el recinto de la universidad, solo que esta vez no era ni para dar una calculadora ni para asistir a la graduación de mi hermano, sino para empezar una nueva etapa en mi vida.

Estuve un rato largo haciendo cola y mis nervios aumentaban minuto a minuto. Cada vez estaba más cerca. Finalmente, llegó mi turno. Di mi nombre, comprobaron que efectivamente estuviera entre los admitidos y me pidieron que sacara un papel de una urna de cristal que había allí. “¿Para qué es?” pregunté. “Para saber en qué grupo estarás”. Sin darle mucha importancia, hice caso y, entre otros números, estaba escrito 02. Así, por azar o por obra del destino, se me asignó el grupo de compañeros con los que viviría, principalmente, los cuatro años de carrera. El grupo en el que conocería a gente que ahora parece que sean compañeros de toda la vida.


El grupo 2 casi en su totalidad (Foto de Natia Kardava)

Foto de parte del Grupo 2 (Foto de Alumni UPF)

¿Qué me llevo de este tiempo? Primero, los momentos. Desde los más simples e inofensivos minutos previos a empezar una clase en los que nos solíamos encontrar siempre los mismos, hasta las largas horas de encierro en la biblioteca, el Dipòsit de les Aigües –el templo del conocimiento, la catedral de la sabiduría-, pasando por las pausas, los descansos, las quedadas para hacer seminarios y las horas en la cafetería comiendo o, simplemente, viendo el tiempo pasar. Segundo, las experiencias, tanto en el ámbito universitario más estricto, como exponer trabajos ante un público en su mayoría desconocido, como en uno algo más distendido, como ha sido presentar a la Associació d’Estudiants Thomas More, de la que con mucho orgullo soy miembro, en las conferencias que esta organizaba.

Tercero, algo que entraría en todas las categorías pero que debo reservarle una individual: el Erasmus. Esta ha sido la experiencia que más huella me ha dejado y de la que tengo recuerdos que me acompañarán siempre. Ese magnífico trimestre y medio que pasé en Ginebra. Este sí que fue algo inolvidable: no solo por los momentos allí vividos, como la primera experiencia de vida fuera de una familia –pues antes siempre había estado con familias, aunque fueras desconocidas-, sino también por los amigos allí hechos: gente con la que he mantenido el contacto hasta el punto de llegar a viajar para reencontrarnos.

Parte de "The Cookies" -(izquierda a derecha) Agathe, Gloria, Ferran, Rachel y yo- en Gràcia (Foto de Gloria Bonmatí)

(Izquierda a derecha) Irini, Clàudia, Rachel, Agathe, Ferran, Pauline, Gloria y yo en la mitad de la subida al Mont Salève, junto a Ginebra (Foto de Rachel Louise Turner)


Cuarto y último, pero no por ello menos importante –lo bueno se guarda para el final, ¿no?-, los amigos y compañeros. Esta nueva familia que me dio el azar –o el sabio señor destino- al hacer que sacara ese papel en concreto y no el del anterior o posterior, que fueron a otros grupos. Aquí, en esta categoría, incluyo también a todos aquellos que eran de otros años del grado en Derecho, a los que estudian otras carreras y a aquellos que vinieron a Barcelona en su intercambio, estuvieron solo unos meses, pero que aún así me han marcado profundamente -tanto como los compañeros de mi tiempo en el intercambio-. Este grupo con el que he vivido intensamente los momentos y experiencias descritas y aquellas que se quedan en el tintero, pero que viven para siempre en mi mente. Esta gente de la que no puedo sino enorgullecerme y con la que espero seguir encontrándome en los años venideros. Esta gente a la que considero mi familia elegida.

(izquierda a derecha) Francesc, Gemma, Marta, Abel, Cristina, Dayana, yo, Claudia, Núria y Carlos

(derecha a izquierda) Carlos, Francesc, Abel, Rebeca y yo
Miembros integrantes del llamado Grupo 1,5 (Fotos de Alumni UPF y Carlos Camarasa)


Grupo del Prácticum en Oficinas Judiciales -(izquierda a derecha) Ferran, Anna, yo e Ivana- (Foto de Ivana Prats)

Marta y yo (Foto de Abel González)

Dayana, Claudia y yo (Foto de Claudia)

Francesc, Carlos y yo (Foto de Rafa Martínez)


Natia, la super delegada, y yo (foto de Rafa Martínez)

Francesc, Laia y yo (foto de Laia Mas)

Xavi, Jorge y yo (Foto de Jorge Fort)

Ahora, ya estamos graduados. Hace cuatro años, nos embarcamos en una travesía en la que hemos sobrevivido a tempestades huracanadas y a calmas chichas; en la que hemos tenido momentos con el viento en popa en los que íbamos a toda vela y otros en los que las velas han tenido que ser izadas para que la velocidad a la que íbamos no destrozase nuestro navío. No obstante, ahora hemos llegado a buen puerto. Hemos llegado al final del camino y hemos vuelto a tierra. Ahora, cada uno debe continuar sus pasos. Es muy probable, que algunos tomemos de nuevo el mismo barco y sigamos años juntos, mientras que otros tomarán otras rutas. Ha sido un placer compartir con todos vosotros este camino.


Rafa, mi hermano, y yo (Foto de Andrea Canovas)

No puedo evitar terminar haciendo una mención especial a nuestros seres queridos, tanto los que están como los que nos han dejado, que, sin duda alguna, han sido un apoyo gracias al cual hemos podido llegar hasta aquí.