jueves, 18 de junio de 2015

¿Dónde estás?

Hace tanto tiempo que no sé de ti que por momentos creo que no llegaste nunca a existir. Sé tu nombre, no lo he olvidado y también sé dónde vivías cuando nos conocimos, de hecho bastantes veces he pasado por delante por si me sonreía la suerte y te veía... Pero no. Nunca ha ocurrido. Probablemente ya ni vivas allí... 

Ahora ya no sé exactamente cómo eres. Creo recordar que tenías el pelo rubio claro y que eras alta, bastante alta -aunque teniendo en cuenta mi estatura en aquel entonces, no es un dato muy fiable-. También tenías la piel bastante clara, blanca, que conjuntaba con el traje de práctica de Taekwondo, o eso creo yo. 

Sé que nunca lo leerás, y si lo haces, probablemente no te reconocerás porque el recuerdo puede estar lejos de la realidad, aunque no lo quiera. ¿Nos veremos de nuevo alguna vez? No lo sé, me gustaría pensar que sí. ¡"Nos veremos donde se encuentran los caminos" (El Nombre del Viento), dónde si no, señorita!

viernes, 29 de mayo de 2015

Recuerdos

El joven cazador abrió los ojos y vio todo blanco: ningún árbol, ningún arbusto. Nada. Solo un techo y unas paredes de mármol. Sus ropas de cazador habían sido cambiadas por unos ropajes blancos, parecidos a un hábito, cruzados por una cinta azul con unas letras cosidas en oro en una lengua que desconocía. En el pecho, bordado, había un escudo rectangular con el fondo azur y dos peces cruzados en el centro, encuadrados por gotas de color cian. No lo reconoció.

Se levantó de la cama y se dirigió hacia una puerta de abedul de esa habitación. Asió el pomo de oro, la giró y la abrió. La película de polvo que lo recubría le dejó la mano gris. 

“¿De quién será esta casa? Por la cantidad de polvo que había en ese pomo seguro que desde hace tiempo que aquí no hay nadie…” Se dijo al tiempo que se frotaba las manos para que desapareciera el color gris.

La cruzó y se encontró ante un pasillo con puertas a los lados y una potente luz en el otro extremo. Caminó hacia ella, intentando abrir, sin éxito, ninguna de las otras puertas laterales. Conforme se acercaba pudo distinguir los contornos de una puerta. Oía de fondo el murmullo del agua. Cruzó la apertura y se encontró en un balcón delante de un gran lago. Caminó hasta la balaustrada. Miró hacia todos los lados pero no veía más que la inmensidad y, a lo lejos, cubierto entre bruma, una montaña oscura.

Oyó una puerta abrirse y se giró. Junto a la que él había usado para salir, se había abierto otra y una sombra estaba al fondo. La siguió a paso rápido pero cuando llegó donde estaba, ya había cruzado la esquina. Caminó aun más veloz y de nuevo la sombra había sido más rápida. Al final del pasillo había otra puerta, esta vez entreabierta. Se acercó a paso lento. Salía una tenue luz de ella. La abrió y entró.

“Hola, Finn, hijo de Ion” dijo una voz profunda.

Asustado, el joven se giró y vio a un anciano con pelo canoso y larga barba. Llevaba como él unas vestimentas blancas, pero en el cinto tenía además una espada. Estaba de pie, en el centro del gran salón, junto a una larga mesa de madera de pino negro, que era el único mueble que había. 

“Tranquilo, no te haré nada malo” siguió hablando el anciano. “Al fin y al cabo, eres sangre de mi sangre, y yo jamás daño a los míos.”

“¿Quién es usted? ¿Dónde estoy?” articuló Finn, que era lo único que pudo decir. Estaba admirado por la altura de esta habitación y, a su vez, por la sensación de vacío que daba al solo haber una única mesa, iluminada por los rayos solares que cruzaban todas las ventanas para impactar sobre ella.

“Estás en la casa de Ion” respondió con tranquilidad. “Es decir, en mi casa. Estás…”

“¿Cómo puede ser que estuviera en el Bosque Oscuro cazando y que, de repente, esté aquí ahora?” Le espetó, cortándole.

“¡Ah!” volvió a empezar con cara de asombro el anciano. “Veo que no lo entiendes. Mi casa no es un lugar físico. Está en la cabeza de todos los miembros de mi familia, es aquello que les permite ser llamados hijos de Ion. Tú sigues estirado allí donde has cazado a la cierva y donde ha aparecido Lady Genvra, pero tu cerebro ha vuelto, por primera vez desde hace dieciséis años, a tus recuerdos anteriores a que sucumbieras ante el Señor del Bosque.”

“Pero yo no recuerdo nada de esa supuesta época: yo siempre he vivido en el Bosque con mi familia y nunca he luchado contra ese Señor del que habláis” respondió el joven.

“Por eso la casa te da la sensación de estar vacía. Porque te han hecho olvidarlo todo. Te lo ocultaron.” Paró un momento. “Ya es hora de que recuerdes quién eres y para esto Lady Genvra te ha enviado aquí. Acércate, hijo.” Le dijo al joven haciéndole una seña hacia la mesa.

Con desconfianza y con paso firme caminó hasta la mesa. Había un libro sobre ella con la cubierta de color azul marino y un escudo idéntico al que estaba cosido en su pecho. “¿Qué es esto?” Preguntó al anciano.


“Tus recuerdos” 

sábado, 2 de mayo de 2015

La Señora del Lago

En el frondoso bosque, lejos de los tenebrosos jinetes encapuchados, que vigilaban el linde del bosque, y del Señor del Valle y su séquito, que se dirigían a la Ciudad del Lago, dos ciervos se perseguían. El primero era de color luna plateada y el segundo, marrón claro con una línea casi negra sobre la columna. Corrían y saltaban entre los árboles. Iban a gran velocidad y, aun así, no tocaban ni un árbol ni un tronco con las astas. Estaban como dos peces en el agua, disfrutando de la libertad que la naturaleza les ofrecía. Trinaban los pájaros del bosque y graznaban los cuervos cuando el ciervo plata se aceró a un tronco que se dividía en dos. Se oyó un silbido. Después, un gruñido de dolor. El segundo animal cambió rápidamente de dirección y olvidó su blanca presa, que paró en seco. Entonces, cayó.

A unos treinta metros hubo un movimiento en unos arbustos. Vestido de beige con una piel de oso para protegerse del frío se levantó un joven que podía tener unos veintiocho años. Era de constitución fuerte y brazos poderosos. Tenía la cara cuadrada por una prominente mandíbula inferior. Su pelo era de color negro y la barba rojiza. Llevaba en la mano izquierda un arco de madera de roble, abundante en esos parajes, con unas inscripciones talladas en la parte exterior, y, colgado del brazo, un carcaj de piel de zorro y tela con cinco flechas. “Ahora que ya hay un ciervo herido” se dijo “podré matarlo y no necesitaré utilizar las otras saetas: ya habrá comida en casa para toda la familia”.

Caminó tranquilamente hacia la presa mientras miraba a su alrededor por si veía otra oportunidad de llenar la despensa de la cabaña con más comida. Llegó junto al extraño árbol y vio que el animal con la flecha atravesada era la mítica cierva luna, aquella a la que ningún cazador del pueblo había alcanzado jamás. Feliz por su proeza, y para que los otros del pueblo le creyeran, decidió que se llevaría el cuerpo entero en lugar  de separar la piel y la carne en el bosque. Se desenroscó una cuerda que le cruzaba el torso y se arrodilló delante del animal para atarle las patas.

“¡Hijo de Ion! ¡Hijo de Ion!” dijo una voz aguda y suave cuando sopló una suave brisa.

El joven no reaccionó porque pensó que no había sido sino el viento contra las hojas de los árboles.

“¡Hijo de Ion! ¡Hijo de Ion!” repitió la misteriosa voz.

Se detuvo. Con sumo cuidado, levantó la cabeza y miró hacia todos los lados con nerviosismo. Nadie estaba a la vista. En ese bosque, con los guardias oscuros y el misterioso y temido señor de regreso, ningún evento extraño era bien recibido. Las voces desconocidas, todavía menos.

“¡Hijo de Ion! ¡Noble caballero de la Casa de Ion! ¡Hijo del Lago! ¡Responde a mi llamada y recuerda quién eres! ¡Recuerda tus orígenes!” silbó la misma voz de nuevo con la brisa.

Asustado, extrajo un cuchillo que tenía oculto en la bota derecha y lo blandió hacia todas direcciones. Giró sobre sí mismo con el arma empuñada hacia delante. Cuando paró se quedó helado: estaba frente a la mujer más hermosa que jamás había visto. Allí donde antes no había sino aire, ahora estaba una alta y esbelta dama, con los cabellos largos color ébano y recogidos en una gran trenza que le caía sobre el pecho. Vestía con un traje plateado, como la cierva, que le llegaba hasta los blancos pies descalzos. Como toda su piel, su cara era de color marfil y tenía unos almendrados ojos esmeralda. Su mirada era tan profunda que parecía que pudiera leer la mente de aquella persona a la que mirara. Llevaba puesta una capa verde clara y la capucha, más oscura, le colgaba entre los hombros. En el centro del vestido había bordado un escudo rectangular con el fondo de color azur con dos peces en el centro cruzados encuadrados por gotas de color cian.

“No temas, joven” dijo la bella mujer. “No estoy aquí para dañarte: solo te quiero recordar quién eres, quiero que vuelvas a ser tú mismo”

“¡Ya sé quién soy!” respondió él con desconfianza.

“¡No!” rápidamente le cortó ella. “Crees que lo sabes, pero no es así. Dime, ¿qué recuerdas de tu vida? ¿Dónde naciste? Dime, ¿qué sabes de tu vida fuera de este valle?”

“Yo… siempre he vivido aquí, en el pueblo” respondió él, tartamudeando.
La mujer le hizo una mirada reprobatoria

“¿Y tus padres, les recuerdas?”

“Emm… Mi padre se murió cuando era pequeño o me abandonó, no estoy muy seguro” dijo con voz temblorosa. “Mi madre murió en el parto, de ahí que no tenga imágenes de ella en mi memoria.”

“¿Eso es todo lo que recuerdas?” preguntó con desdén. “Busca en lo más profundo, intenta verte cuando eras más pequeño. ¿De cuándo es tu primera memoria?”

Durante unos largos minutos ninguno de los dos habló. Él estuvo con la mirada perdida en el infinito mientras que los verdes ojos de la dama restaron fijos en él. Estaba expectante, ávida de querer oír su respuesta, su recuerdo.

“Mi primer recuerdo es del día de mi unión con Lhana, ante el gran templo…” respondió con firmeza y, antes de que la desconocida, que podía verse en su cara que estaba entristecida y dolida, reaccionase, continuó. “Y vos, ¿quién sois?”

“Yo soy Lady Genvra, señora del Lago y protectora de la Casa de Ion” contestó con orgullo y ya sin rastro alguno de tristeza en el rostro. “Desde hace años, tu señor padre llora la pérdida de su hijo menor, que partió en una misión de la reina, esa joven hija de molinero amiga suya que engatusó al difunto rey, y nunca más se supo de él. Dieciséis años han pasado ya y casi ha perdido toda esperanza. Durante los primeros cinco, esperaba tu retorno, pero nada; en los siguientes, decía que se contentaba con una carta, dijera lo que dijera, era suficiente, afirmaba constantemente, pero tampoco llegó información alguna; en los últimos cinco, he visto como la tristeza le consumía… ¡Incluso estuvo al borde de la muerte!” Cada vez hablaba con más dureza y su voz ya no era suave como al principio. El joven estaba sorprendido por las noticias y entristecido por aquel hombre y quería decirlo, pero temía la reacción de la mujer, por lo que siguió escuchando en silencio, sin moverse.

“Tan solo la noticia de la audiencia que podrá tener con la reina en la coronación de su hijo le ha devuelto las ganas de vivir” continuó. “Por fin tendrá una oportunidad para preguntar sobre esa misión a la que envió a su hijo, a la que tú fuiste, y de la que no volviste. No alberga ya esperanzas de verte con vida…” dijo con tristeza. “Te fuiste en una misión para ayudar a tu amiga, no porque fuera la reina, y cumpliste parte, descubriste la identidad de un ser realmente peligroso, que en su momento, y ahora, pretenden dañar a la reina y a su hijo. Debes terminarla. ¡Debes recordar quién eres para volver y revelar la verdad!”

“Lady Genvra, ya le he dicho qué recuerdos tengo: antes de ese momento, todo son imágenes borrosas…”

“¡Y ninguna real!” le cortó. “Si te sigues negando, si no haces el esfuerzo de recordar por ti mismo, te forzaré yo y, te lo garantizo:” dijo en tono amenazante “te dolerá”.

“Pero yo…”


No pudo terminar la frase. Lady Genvra levantó la mano derecha y la apoyó sobre su frente. Articuló unas palabras sin emitir sonido alguno. Hubo un destello de luz azul donde se tocaban el joven y la dama. Como si le hubiera caído un rayo, el cazador, el hijo de la Casa de Ion, se desplomó sobre la tierra. No se movía. No respiraba.

miércoles, 8 de abril de 2015

Del Blanco al Verde


En la alta montaña,
En el gélido castillo,
En la espaciosa sala,
Con la cristalina corona,
Con el congelado cetro,
La reina espera sentada.

Por el verde valle,
Con los interminables séquitos,
Por las sinuosas rutas
De las escarpadas montañas,
Hacia la gélida fortaleza
De la poderosa señora,
Tres reinas sin demora avanzan.

A las puertas de la fortaleza
Las ilustres damas llegan.
De esmeralda, de ocre y de azafranado,
Ellas visten.

Con un bello vestido albeo
La llegada de sus hermanas
La reina aguarda.
Con ojos vidriosos,
Con lágrimas en las mejillas,
Como su blanco querido desaparece,
Como el verde intenso se abre paso,
La dama observa.

En la sala ya reunidas,
En sus respectivos asientos,
Las cuatro grandes señoras
Están ya situadas.

“Ya ha llegado el momento”
“El equinoccio ya está aquí”
“Entrega el cetro fría hermana”,
Le dicen a la triste reina.

“Mis ojos han visto derretirse mi obra,
Mi tiempo para descansar no puede ya esperar”
Responde la dama del castillo.
“Hermana mía, aquí tienes el frío cetro”
De la dama de blanco a la de verde,
Pasó el poderoso objeto.

“Gracias, amable hermana, por el trabajo realizado,
Con mucho gusto, te tomo el relevo”
Y el cetro guardó en sus manos
Y de una flor de hielo que era,
Una bella rosa roja devino.

“Hasta el próximo encuentro, hermanas”
Se dijeron unas a otras.
“Hasta el solsticio de verano”.

¡Y así es como el frío invierno terminó

Y la verde primavera comenzó!

jueves, 12 de febrero de 2015

El retorno del discípulo

Una noche a dos días de la coronación del joven príncipe, cuando lo normal era ver a cualquier hora del día gente cruzando las puertas de la Ciudad del Lago, un jinete encapuchado abandonó la ciudad. Su corcel de color negro estaba parcialmente cubierto por su capa y por la forma de esta se podía intuir que, como mínimo, tenía una espada en cada lomo. Tomaron el llamado Camino Blanco que llevaba directo a un oscuro valle  rodeado de altas montañas y siempre cubierto por niebla y nieve. Según algunos era el hogar de un terrible hechicero y las sombras de los que habían caído bajo su magia custodiaban los accesos. Eso lo decían los temerosos y los cuentacuentos. En cada pueblo que pasaba, cuando el jinete preguntaba por dónde seguía la ruta, todos le miraban con horror: le tomaban por un loco. Él sabía que las historias eran ciertas. Él conocía a ese ser que tenía atemorizados a los habitantes que le indicaban el camino. Él era su discípulo.

Amanecía cuando salió de la última aldea antes de cruzar el Paso Blanco, la parte final del camino que siempre estaba congelada, con nieve y que estaba a unos metros del Bosque Oscuro, que ocupaba la totalidad del valle. Con paso firme cabalgaron sobre las placas de hielo oyendo los crujidos producidos por los impactos de las herraduras. Avanzaron sin parar cuando volvieron a pisar suelo arenoso y, antes de que pudieran darse cuenta, la luz del Sol estaba oculta por la frondosidad: apenas unos rayos atravesaban los pocos huecos entre las ramas más altas. El jinete sintió unas presencias a los lados. Sin girar la cabeza y con un ligero movimiento con la mano derecha, destapó una de las espadas. En lugar de desaparecer, estas aumentaron: tanto a su derecha como a su izquierda, cinco sombras montadas cabalgaban a su ritmo y altura. Se empezó a poner nervioso: siempre reconocían esa señal, pero esta vez no lo habían hecho.

"¿Por qué no han comprendido la señal?" Se preguntaba. "¡Deberían haberse ido a cubrir sus puestos de nuevo! ¿Qué hago?"

Entonces recordó una de las enseñanzas de su maestro dieciséis años atrás, antes del desastre que le obligó a desaparecer y a él le permitió viajar. Llevaba las bridas en la mano derecha y con la mano libre realizó un breve y leve movimiento de derecha a izquierda mientras musitaba unas palabras con un tono casi inaudible. Al instante, los diez jinetes desaparecieron. Llegó a un claro y vio el castillo en la montaña. Oyó una voz que le llamaba y rápidamente reconoció que era la de su maestro, que había sentido su presencia en el valle. Retomó el camino. Aumentó el ritmo. Fustigó al caballo. Entonces, galopó.

La puerta de la fortaleza estaba abierta, tal y como fue dejada quince años atrás. Entraron raudos y desmontó en el patio interior. Sin coger nada y sin quitarse la capucha, el discípulo entró en una de las torres y subió por las escaleras que giraban sobre el eje central de la torre. Cada paso producía un crujido.

"Espero que no se rompan ahora" pensaba mientras saltaba escalones de dos en dos.

Llegó a la primera puerta, a una altura de unos diez metros, y la cruzó. La manta de nieve que cubría el suelo de piedra amortiguó el impacto de la bota contra la superficie. A unos ciento cincuenta metros, en el punto medio entre las dos torres, una figura encapuchada miraba en dirección a la Ciudad del Lago. Parecía no haberse dado cuenta que había otra persona más. Nada más lejos de la realidad. El discípulo se arrodilló sobre una pierna e inclinó la cabeza a un metro del ser.

"Maestro, bienvenido. Aquí estoy" dijo servicialmente
"Ya has vuelto, joven discípulo" contestó con una voz seseante "El momento ha llegado. Mi guardia nos espera abajo. Dales las ropas de gala, las que tienen el roble, la montaña y el castillo bordados. Ponte tú las tuyas. Lord Tiltskin, el Señor del Bosque Oscuro, estará presente en la coronación de Su Alteza el príncipe Eoin y su séquito, lógicamente, irá con él."
"Como deseéis, Maestro" respondió poniéndose en pié y se retiró.

 Dos horas después, un grupo de doce jinetes encapuchados con los emblemas del Señor del Bosque Oscuro y las Montañas Heladas, su estandarte y su pendón cruzaron el Paso Blanco en dirección al Lago. Atravesaron varias aldeas, pero nadie se atrevió a salir de sus casas por miedo: hacía mucho tiempo que nadie descendía de allí. La gente no sabía quiénes eran esos ni reconocieron el escudo. El Maestro lo sintió y esbozó una sonrisa: como lo habían olvidado, nadie iba a reconocerlo. Podría tener su venganza.

miércoles, 31 de diciembre de 2014

La Coronación

Con el sonido de las trompetas, la gran llama se encendió. Allí, en la torre más alta del Templo Mayor la montaña de madera, leña y brea prendió como nunca antes lo había hecho. 

En otros tiempos se había utilizado como señal de peligro para alertar a los señores vecinos para que acudieran a la ciudad en caso de ataque o catástrofe: siempre habían sido peligros los que habían hecho que se encendiera. En el día de hoy, el motivo era uno completamente diferente: cierto que era también un aviso, pero no de peligro, sino que era para anunciar a todo el reino que la coronación había empezado. Las llamas recorrerían todo el territorio. Se habían construido torres como esa en las grandes urbes, en los puestos de vigilancia del reino, en las montañas y en los valles en lugares desde los que se pudiera ver la antorcha precedente para que prendieran la suya. De esta manera, cuando llegara a los confines del reino, las campanas empezarían a sonar y todo el mundo sabría que había un nuevo soberano. La coordinación debía ser perfecta para que las de la capital fueran las últimas cuando coronaran al rey.

Durante la procesión, uno a uno, todos los asistentes se inclinaron cuando pasaba el joven príncipe por las calles de la Ciudad del Lago hasta llegar a la Isla Real, en el corazón de la rada, donde estaba el trono y donde sería coronado. Su madre le seguía detrás, henchida de orgullo pero a su vez preocupada por lo que había leído en la biblioteca: ¿Quién era ese "Señor del Bosque"? ¿Iba a llegar otra tormenta ahora que la primavera había llegado al reino después de un crudo y duro invierno que había durado años y que casi había consumido al reino? Miró hacia el cielo y a la gente para borrar de su mente esos pensamientos. La ciudad entera relucía y había banderas colgando de todas las ventanas. 

Llegaron al puente que llevaba a la Isla donde les esperaba el Sumo Sacerdote con la corona que llevaba siete años guardada esperando a volver a estar en la cabeza del Rey. Avanzaron escoltados por los pendones de todos y cada uno de los señoríos, condados y ducados dependientes de la corona. También estaban los de algunas ciudades comerciales que gozaban de la protección de la Ciudad del Lago o con las que esta tenía muy buenas relaciones. Cuando estaban a punto de acabar de cruzar el puente, vio la reina un pendón que reconoció pero que no sabía de dónde era ni cuándo lo había visto. Era diferente al resto: tenía el fondo negro y sobre este había unos robles representando un bosque en hilo dorado, una montaña en blanco y un pequeño castillo en plata.

Se colocaron todos en los lugares adecuados: el príncipe, delante del trono; su madre, la reina regente, en el asiento junto al del rey; la guardia real, detrás del trono; los miembros del Consejo, detrás del Sumo Sacerdote. Este cogió la corona y con un signo de cabeza, indicó al príncipe que se arrodillara. Ceremonialmente, se acercó y, con una voz potente, anunció: 

"Hoy termina uno de los años más duros que este reino ha visto. Con la llegada de esta nueva primavera se pone fin también al periodo de regencia de la Reina Madre, a la que le agradecemos estos últimos siete años. Ahora, en nombre de los dioses y ante los habitantes del reino, yo te corono como Eoin I Rey de las Tierras del Lago y Las Montañas y Señor de las Llanuras de los Ríos. Te has arrodillado como príncipe y ahora te levantarás como un Rey. ¡Larga vida al Rey!". 

Entonces, el joven monarca se levantó y, antes de que tañeran las campanas de La Ciudad del Lago, se oyó el sonido lejano de las de las otras ciudades. La coordinación fue perfecta. El año finalizó de manera perfecta.

Yo, Ignacio, escritor de esta historia, os deseo a todos un magnífico final de 2014 y un perfecto inicio de 2015. Muchas gracias y un abrazo fortísimo, lectores de altascolinasverdes.

miércoles, 3 de diciembre de 2014

Un nuevo día

La reina miraba feliz como su hijo primogénito estaba siendo vestido para la ceremonia. Ahora que ya había cumplido los dieciséis años ya podía ser coronado rey y permitir a su madre disfrutar de sus hijos pequeños, de los que había estado ausente estos últimos años por los problemas que habían asolado el reino: guerras, tempestades, malas cosechas y otras desgracias, pero que ya habían llegado a su fin: la tormenta había pasado y los males se habían ido con ella. Por fin la hija del molinero podría ver a su hijo coronado rey: qué orgulloso estaría su abuelo. 

La reina entró en la gran biblioteca palacio y empezó a caminar entre las grandes estanterías hasta llegar al balcón. Abrió las puertas y salió. La fría brisa le rozó el rostro mientras ella avanzaba hacia la balaustrada. Puso sus manos ligeras sobre esta mientras miraba las magníficas vistas: el lago azul brillaba como nunca antes lo había hecho, las verdes montañas estaban coronadas con los últimos vestigios de las nieves del duro invierno y no había ninguna nube en el cielo. La ciudad estaba teñida de todos los colores, en el puente que cruzaba el río por la rada ondeaban todas las banderas de los diferentes ducados y condados y oleadas de gente, desde nobles hasta campesinos, pasando por religiosos, todos ellos vestidos con sus mejores galas, se acercaban a la isla real donde la coronación tendría lugar. Casi todo estaba listo. 

Cuando los miembros de la guardia real y del consejo se acercaban a paso decidido hacia el palacio, la reina decidió volver a entrar para ir a buscar a su hijo. El gran momento estaba llegando. Entró en la gran habitación y cerró las puertas que ella misma había abierto unos instantes antes. Se giró y antes de moverse hacia la salida, con el rabillo del ojo, vio una hoja en el suelo. "Supongo que se habrá caído por la corriente" se dijo. La cogió y cuando la iba a poner sobre la mesa de roble, se paró un momento a leer el breve escrito. Eran tres versos escritos en tinta roja escarlata.

"Y antes de que llegue la calma y la luz ilumine la Ciudad del Lago,
el último trueno al Señor del Bosque despertará 
y con él, la tormenta volverá."

La reina se tornó pálida y durante unos segundos su corazón dejó de latir. No podía ser verdad: ¿qué podía ser peor que el crudo invierno ya pasado? ¿Quién era este Señor del Bosque qué iba a traer la tormenta? Estas preguntas, y otras muchas más rondaban la cabeza de la reina cuando su criada la avisó. "Mi señora, ya está todo listo. El momento ha llegado", le dijo. Rápidamente se recuperó de su turbación. Fue a su alcoba y se colocó la capa y se ciñó la corona que durante poco más tiempo iba a llevar. Bajo a la puerta del palacio donde su hijo, inmensamente feliz, la esperaba con la guardia y el consejo real. Las puertas se abrieron con sonido de las trompetas y los cuernos.

Mientras tanto, por la orilla oriental del lago cabalgaba un jinete con armadura verde oscuro y capa azabache sobre un corcel negro en dirección a la gran ciudad...