domingo, 26 de marzo de 2017

Un nuevo amanecer

La tormenta se desató hacia el final de la noche. Los guardias de Skellig vieron cómo azotaba las aguas y cómo el dios del trueno descargaba su ira.

“Espero que no haya ningún barco por ahí ahora” dijo uno cubierto con su capa. “Y si lo hay, que los dioses se apiaden de las almas de sus tripulantes”.

“¡Seguro que lo hay!” respondió contundentemente el otro. “Mañana empieza la gran feria de Narbe y algún mercader del sur querrá ser el primero en llegar. Aunque con esta noche, las aguas y las rocas ocultas, no sé yo si se acercaran a nuestras costas…”

Un rayo cayó y les pareció ver que no impactaba sobre las aguas. Poco tardó el trueno en hacerse oír.

En ese mismo momento, en el edificio colindante al Gran Salón, una niña de unos nueve años despertó súbitamente. Corrió a la cama de sus padres y empezó a dar golpecitos en el brazo de su padre para despertarle.

“Papá, papá” dijo la niña mientras dejaba el antebrazo descansar. “Papá, despierta. Va a llegar ahora. Con la tormenta.”

“Hija” dijo el padre con voz ronca y mirando a su hija. “¿Qué dices? Ves a dormir. No va a venir nadie ahora”. Cerró los ojos de nuevo.

“Papá” repitió la niña. “Lo he visto. Las otras veces tenía razón y era tarde cuando íbamos. Por favor, papá” insistió “vamos a la playa. Depende de nosotros.”

“Venga, Keiran” dijo Brianna, su esposa, con calma, pues sabía que era la única manera de convencerle. “Sally tiene razón. Ya ha demostrado que ve cosas que están a punto de pasar. Acompáñala con alguno de tu guardia personal a la playa. Si no hay nadie, estará tranquila; pero si sí lo hay, ya no estará de nuevo en silencio tanto tiempo por no haber salvado una vida.”

“Vale” cedió él. “Sally, ponte una capa y despierta a tu hermano Oisin. Yo avisaré a Cormac para que prepare cuatro caballos.”

Unos quince o veinte minutos después, cuatro figuras montadas cruzaron el pueblo y llegaron hasta la puerta donde dos guardias admiraban la tormenta desatada sobre el mar y que se empezaba a alejar.

“¡Abrid la puerta!” gritó Keiran a los guardias.

“Ahora vamos, señor” dijo uno, que bajó rápidamente de la torre, la abrió y les facilitó el paso. Las cuatro sombras tomaron el camino hacia el agua. Se perdieron en la oscuridad.

Clareaba un poco cuando los caballos empezaron a cabalgar sobre la fina arena de la playa. Podían ver a lo lejos, entre las rocas, los despojos de un barco y trozos de madera, cajas y barriles a la deriva y en la playa. De repente, la niña galopó hacia la orilla.

“¡Sally!” gruñó su padre. “¿Qué haces? ¡Detente!” Y arrancó tras ella. Cormac y Oisin poco tardaron en hacer lo mismo.

La pequeña de los cuatro, ignorando los gritos de Keiran, no se paró porque le había parecido ver algo más junto a uno de los maderos. Llegó a la ribera y saltó del caballo para adentrarse en el agua. Con sus manos agarró un trozo de madera y lo atrajo hacia sí. Tan concentrada estaba en su tarea que no escuchó como se apeaban ni su padre ni su hermano ni el guarda y se situaban junto a ella. Entre los cuatro llevaron el trozo de madera a la arena. Solo entonces se dieron cuenta de por qué había escogido ese: encima estaba un joven tumbado, quieto y cubierto con una capa oscura y empapada y algo de sangre en la cara.

“Sigue vivo” dijo Sally convencida y con serenidad. “Lo sé, pero hay que llevarle rápidamente junto a un fuego. Si no, no habrá servido de nada venir a buscarlo.”

“Oisin, ayúdame a quitarle la capa” ordenó el padre. “En cuanto esté hecho, cógela, corre al caballo y vuela hacia el pueblo para que abran las puertas. Iremos directamente a nuestra casa, sin parar. Cormac” continuó y le miró, “me ayudarás a montarlo en mi caballo y luego cerrarás el grupo” dijo mientras él asentía con calma. “Sally, tú cabalgarás entre Cormac y yo. No paréis hasta llegar a casa. Tú no dirás nada de esto a nadie” miró al guardia de nuevo, quien sonrió. “Gracias” le dijo Keiran. “¡Vamos!”.

Todos hicieron como había dicho. Oisin llegó el primero para prevenir a los guardias de que debían tener la puerta abierta para cuando llegara su padre. Mientras, Cormac y Keiran habían subido al joven al caballo. Sally veía todo y temblaba, pues temía por la vida del joven. Empezaba a verse el Sol por el horizonte.


Cabalgaron raudos y entraron sin problemas en el pueblo. Sally abrió la puerta de la casa y los adultos descargaron al chico y lo llevaron en brazos hasta el brasero que estaba en el centro y que Brianna había revivido en cuanto los cuatro habían marchado. Le tendieron, le quitaron las ropas mojadas y le pusieron unas mantas y pieles encima para que entrar en calor cuanto antes. Esperaron. El tiempo pasaba muy lentamente. Vieron que las mantas se movían. Empezó a toser y sacó parte del agua que había tragado. Se crisparon por cómo se movió por si se ahogaba. Se acercaron a él. Paró. Volvió a cerrar los ojos, pero respiraba con algo más de normalidad. Todos se calmaron. Los rayos del Sol que acababa de salir entraron por la puerta e iluminaron la habitación.

sábado, 4 de marzo de 2017

Ein Gedicht

Me gustas cuando callas...
pero aún más cuando ríes,
cuando rompes el silencio con una carcajada,
cuando lo mejoras con tu voz suave.

Me gustas cuando sonríes
con la boca y con los ojos;
Cuando muestras esa sonrisa que ilumina
como ese faro que guía al navegante en la noche de tormenta,
como la Luna llena en una noche clara,
como el fuego de la cabaña para el caminante perdido en la oscuridad.

Me gusta cuando te veo,
Porque haces de mi día una alegría.
Siempre que estás cerca,
no puedo estar triste.
Mas cuando tú lo estás,
solo quiero alejar de ti ese dolor,
aunque esto, a veces, roce lo imposible



viernes, 24 de febrero de 2017

La Tempestad

“Rápido” rugió el capitán, que acababa de subir a cubierta alertado por la campana, “a vuestros puestos todos. Wilhelm, Hassan y Sean, corred a atar y asegurar el cargamento. No podemos permitir que una brisa de viento nos rompa la mercancía” les gritó a tres marineros, que bajaron rápidamente a la bodega.

“Haz tú lo mismo” le dijo el piloto al joven. “Estarás más seguro allá abajo que aquí arriba… El viento está rolando y nos lleva directamente hacia la tormenta” continuó mirando hacia los rayos que iluminaban la oscura noche. “Y sobre todo, no te ates a nada: es mejor que saltes al agua y que intentes agarrarte a algún madero”.

“Sí, señor” le respondió con agradecimiento y corrió hacia las escaleras por las que los otros tres habían ido. Mientras bajaba vio que la lona de la vela central estaba tensa hacia adelante por el fuerte viento que empujaba el navío.

“¡Soltad los cabos! A vuestros puestos, marineros, vamos a enfrentarnos una vez más a la diosa de los mares y al poderoso señor del Trueno” gritó el capitán, mientras la tripulación se ponía en su sitio, llevaban aquello que no podía asegurarse en cubierta a la bodega y fijaban el resto de barriles como podían. Con el viento en popa, el Seefahrend se acercaba a la tormenta.

Los golpes de mar habían tirado algunas cajas al suelo de la bodega, pero los cuatro estaban apilándolas y las ataban en los espacios del centro de la bodega para ello. Apenas hablaban. Tronaba de fondo. Apila, asegura y ata. Una luz blanquecina ilumina la bodega. Desaparece. Otro trueno. Apila, asegura y ata. Aparte de algún gruñido, poco más decían además de murmurar oraciones a sus distintas deidades para que les salvara.

“Hombre al agua” se oye que gritan desde cubierta cuando una gran ola golpea el costado del barco.

“No temas, joven” dice Hassan alzando la voz para que se le escuchara por encima de los truenos y el agua brava. “Nuestro capitán ha navegado a través de cientos de tormentas y nunca ha naufragado…”

“…Este barco jamás se hundirá” termina Wilhelm  con una gran sonrisa mientras hace el último nudo al cargamento.

“Karl, ¡mantén el timón recto para evitar cruzar la tormenta!¡Hemos de intentar rodearla!” se escuchó de nuevo al capitán.

Cayó agua por la trampilla para acceder a la bodega y se oyó el rasgarse la vela. Rápidamente, Hassan y Wilhelm subieron.

“Que los dioses nos asistan y la Diosa te guíe en tu camino” dijo Sean al joven antes de seguir a sus compañeros.

Él seguía abajo como le había dicho el timonel, pero cada vez oía más gritos. Sabía que estaría más seguro donde estaba que en cubierta. Cayó más agua por la trampilla.

“Capitán, ¡veo la costa de Thule!” se oyó a Sean gritar entre trueno y trueno.

“Mantén el rumbo, piloto” respondió el capitán. “Aunque la vela esté rota vamos a llegar. ¡Lo sé!”

Súbitamente, un rayo impactó en el palo mayor y lo partió. Se desató el infierno. El joven salió de la bodega y vio caer una parte al agua llevándose con ella a algunos marineros que no habían podido apartarse a tiempo. Una gran ola impactó el costado del barco y lo hizo bascular. Otra rompió contra la popa y se llevó al piloto. El joven corrió hacia donde estaba el hombre, pero solo estaba el timón. El capitán, desbocado, corrió hacia allí para tomar el control del barco. Una cuerda se tensó cuando al barril que sujetaba se lo llevó el océano. No la vio. Tropezó. Se golpeó en la cabeza. Quedó inmóvil en el suelo.

Una nueva luz blanquecina bajó del cielo iluminando la escena. El barco se dirigía hacia unas piedras. En cubierta solo estaba el cuerpo inerte del capitán movido por el agua que llegaba con las olas. El resto del mástil ya había caído. Los tripulantes estaban desaparecidos: o habían saltado o se los había llevado la diosa de los mares. Solo un alma seguía allí, pero estaba atemorizada.
“¡Salta!” creyó oír la voz del timonel.

Miró hacia adelante: las rocas primero, Thule al fondo. Sabía que el barco estaba condenado. Miró a su alrededor. Una ola le golpeó la cara y lo tiró al suelo. Se levantó de nuevo. Echó la vista a las aguas. Gracias a un rayo vio trozos de madera a la deriva. Los truenos seguían escuchándose. Había uno cerca del barco. Estaba llegando a las piedras. El momento era ahora. Estaba listo. Entonces, chocó el Seefahrend y salió despedido.

 El impacto contra el agua fue como si cayera sobre una capa de hielo que se rompió con el contacto de su cuerpo. Se hundía. Tragó agua. Abrió los ojos para ver pero el frío le obligó a cerrarlos. Hizo un esfuerzo para nadar hacia lo que creía que era la superficie. Haces de luces blancas le guiaban. Hizo tantas brazadas como podía con los brazos entumecidos por la baja temperatura. Sintió el aire en las yemas de los dedos. Un último esfuerzo. Se estaba quedando sin aire. Sacó la cabeza y respiró. Por fin. Tragó más agua por una ola, pero consiguió mantenerse a flote. Sus ojos tardaron en acostumbrarse. Creyó ver Thule y nadó hacia allí. El esfuerzo sobrehumano acabó en cuanto encontró un trozo de madera a la deriva. Se agarró a él e intentó subirse. A pesar del cansancio lo consiguió. Estaba agotado, tenía el cuerpo frío y dolorido. Se cubrió con la capa. Cerró los ojos y se dejó llevar por la corriente. La madera impactó contra una roca y él se golpeó la cabeza. Todo se volvió oscuro y helado. Perdió el conocimiento.


La tempestad había pasado. El Seefahrend estaba hecho añicos entre las rocas. Algunos trozos iban a la deriva, ya fuera hacia las costas de Thule o hacia el centro del océano. Algunos cuerpos estaban flotando sin vida junto con los remos, barriles y restos del mástil; otros, se habían perdido en las profundidades con las mercancías. Un último trozo, que estaba en un punto entre las dos corrientes, sostenía un cuerpo que respiraba débilmente. La última cola de la tormenta proveniente del centro de las aguas alcanzó la madera y la empujó en la dirección opuesta. 

miércoles, 15 de febrero de 2017

El piloto nocturno

“¿Me traerás nieve la próxima vez que vengas a Loughstadt?” dijo una niña de unos diez años al muchacho que estaba sentado junto a ella, que no debía tener más de doce.

“Sí, lo haré” respondió él con una sonrisa, mientras  pensaba cómo iba a traerla sin que se deshiciera. 

“Y si no pudiera, la próxima vez te llevaré conmigo allá arriba, al castillo, para que veas cómo es el valle y el camino”.

Mientras él hablaba, ella dejó de escuchar los pasos de los caminantes que cruzaban el puente en el que estaban sentados con los pies colgando y el traqueteo de los carros con mercancías provenientes de la ciudad comercial de Vemmer. Sus ojos se abrieron como platos porque jamás había salido de los alrededores de Loughstadt. Por fin podría ver aquellos paisajes que él le describía cuando bajaba. Al fin sentiría la protección de los frondosos bosques que cubrían las montañas. Finalmente vería nieve que no se iba al tocar el suelo.

“¡Bien!” respondió mientras le ponía el brazo izquierdo sobre los hombros y le acercaba la cabeza con una mueca de felicidad…

Un fuerte golpe de su cabeza contra la pared de la bodega del barco le sacó de su ensimismamiento. “Nunca le llevé la nieve ni la acompañé, sino que le dejé una carta y me fui sin decir nada” pensó con tristeza mientras seguía en su esquina protegido con su capa. Suponía que llevaba un rato dormido, pero ¿cuánto? Esa era una gran pregunta. Se levantó y caminó un poco entre el cargamento para estirar un poco las piernas que se le habían agarrotado. Después, subió a cubierta.

“Eh, joven, ¡por fin sales!” le dijo amablemente uno de los marineros del Seefahrend cuyo nombre no recordaba que era el piloto nocturno. “Cuando salga el Sol, veremos Thule, lo presiento” continuó mientras miraba las estrellas y sentía el viento fortalecerse.

“¿Hacia dónde está Vemmer?” le preguntó el joven.

“Hacia allí” dijo el marinero señalando hacia el oeste, por donde parecía que se elevara una columna de humo. “Eh, ¿la estás viendo?”

“Sí…” respondió el joven con pena, pues se imaginaba lo que estaba pasando. 

Se escuchó entonces un estruendo se oyó y una gran luz iluminó el barco como si ya hubiera salido el Sol. Se apagó. De nuevo, la blanquecina luminosidad de un nuevo rayo hizo sombra a las velas de cubierta y un trueno sonoro lo acompañó. Los dos se giraron.

“¿Ves la tormenta, hijo?” preguntó el marinero, que, repentinamente había empezado a hablar como alguien de su verdadera edad.

“Sí” respondió el joven con voz temblorosa.

“Pues pasada ella está Thule…” calló unos segundos. “¡Toca la campana, corre! ¡Que los dioses se apiaden de nosotros!”

El joven corrió hacia el mástil e hizo sonar la campana varias veces con todas sus fuerzas. Los rugidos del viento, los truenos y los golpes de la lluvia sobre la madera y la tela de la vela habían invadido el barco.


“Que los dioses se apiaden de nosotros” pensó el joven mientras veía cómo salían a cubierta el resto de marineros para enfrentarse a la tempestad.

domingo, 20 de noviembre de 2016

El viajero en el tiempo (Un reloj de bolsillo III)

Frustración, alegría, tristeza, nervios, hilaridad, traición, hermandad, éxito, familiaridad, éxtasis… forman parte de aquello que sintió su espíritu mientras viajaba en su mente hacia atrás, hacia aquel oscuro 28 de marzo de 2016. Rápidamente se dio cuenta de que ya no estaba en la cafetería de la universidad, sino en su gran templo del saber, en la catedral del conocimiento, en su inigualable biblioteca. Miró el reloj que llevaba en la mano y vio cómo empezó a moverse la aguja de los segundos. Se movió rápido entre las personas que estaban allí yendo hacia sus sitios o escapándose para descansar y llegó a su mesa. A la mesa en la que todo pasó. A la mesa donde escribió algunas palabras de más. Todo era tal y como lo recordaba: los dos sentados juntos, con los nervios a flor de piel, leyendo los apuntes. La libreta estaba en el mismo sitio, a la espera de ser abierta para lo que pareció la sentencia de muerte de una amistad.

Se acercó a su yo y se puso a su espalda. Podía ver lo que estudiaba, pero sabía que su mente estaba en otro sitio. Cogió y soltó el bolígrafo azul dos veces. Acercó la mano a la libreta y la alejó de nuevo. Volvió a agarrar el bolígrafo, le puso el tapón y lo quitó otra vez. Miró a su derecha, hacia ella. Tomó la decisión. Él lo sintió: era el momento. Había llegado la hora. Debía pararlo… pero, ¿cómo? Nadie le oiría si gritaba, porque era invisible. Nadie podía sentirle. Nadie sabía que estaba ahí, ni siquiera él mismo. Le puso la mano izquierda sobre la espalda y, de súbito, él se giró y le miró, sin verle. ¡Le percibía! Entonces tuvo un flash, pero no del pasado, sino del futuro. De lo que vendría. De lo que no le había pasado ni en tiempos de su yo otoñal. Comprendió entonces qué debía hacer. No tenía que cambiar nada porque era necesario que pasara todo. Debía hacerlo para conocer realmente a quién tenía a su derecha; para demostrarse a sí mismo que era capaz de intentar reconstruir unos puentes en ruinas de una amistad, aunque desde el otro lado pareciera que buscaran lo contrario; para poder crecer y, por qué no, ver cómo la justicia universal podía actuar. Le puso de nuevo la mano sobre el hombro.

-¡Adelante!- gritó, pero sabía que no lo había oído, aunque sí que había tenido efecto, porque poco después empezó a escribir.

“Aquest és un dels textos més complicats que mai he escrit…” pudo leer antes de apretar accionar la palanca con la que había llegado hasta allí.

… pasó un tercer segundo y abrió los ojos. Ella seguía igual de blanca, pero lentamente iba recuperando el color.

-¿Te… te ha funcionado? –preguntó con voz temblorosa y con la frente perlada por el sudor y los nervios.

-No –respondió el con tranquilidad y un amago de sonrisa-. Será que no debía cambiar las cosas... Bueno, tampoco están tan mal.

Dicho esto, cogió el croissant, le arrancó una pata, la hundió en el café con leche, que aún mantenía su temperatura, y se la llevó a la boca. Vio que su respiración estaba volviendo a ritmos tranquilos y supuso que su corazón ya volvía a latir como en cualquier otra situación. Él había hecho lo que debía: le había tendido la mano para volver al punto anterior al momento que casi había cambiado, es decir, le había hecho ver qué quería: nunca le había hablado tan claro. Ahora le tocaba a ella mover ficha. Lo que no sabía era que, hiciese lo que hiciese, la aguja de los segundos siempre vuelve al principio una vez ha empezado a correr. Ella la activó y la justicia universal haría que terminara la vuelta. El tiempo huye, pero nada queda impune. Ahora solo tenía que sentarse a esperar y ver cómo se iban desarrollando los acontecimientos.

-“Quien a hierro mata, a hierro muere” dice el refranero –pensó para sí y no pudo evitar esbozar una sonrisa maligna.

-¡Qué bueno! Por cierto, ¿cómo te va el máster? –le preguntó mientras ella echaba azúcar en su café y él guardaba el mágico reloj en el bolsillo.

viernes, 11 de noviembre de 2016

Un loco con ideas (Un reloj de bolsillo II)

El aparato era circular y del tamaño de una moneda. Estaba cerrado y tenía dibujos de relojes de arena en la cubierta trasera y en la delantera, los números y las agujas fijas: la de las horas estaba en el tres y la de los minutos, en el seis. Había tres manecillas en los laterales: dos en el derecho y una en el izquierdo. Tras accionar una de ellas, se abrió la uno de los lados y pudo ver el interior. Era espectacular. Cinco pequeñas circunferencias estaban dentro de la grande, pero con tal perfección que no se tocaban entre sí ni entorpecían los movimientos de las agujas de la principal.

-¿Por qué es tan extraño? ¿Qué marca cada una? –preguntó sorprendida, porque realmente nunca había visto nada igual.

-Porque permite viajar en el tiempo. De hecho, no estoy seguro de si es así, pero he seguido las instrucciones de un orfebre que hizo uno igual hace mucho tiempo… -hizo una pausa- aunque no se sabe si lo consiguió o no. Esa fue su última obra –la miró y sintió la misma extrañeza de antes y decidió omitir más detalles sobre la construcción del reloj-. Bueno, cada esfera señala una cosa: el día la de la esquina superior derecha; el mes, la de la izquierda; el año, la que está a la derecha del mecanismo principal; los segundos, la que está a la izquierda; el lugar, la de la parte de abajo; y las horas y los minutos los marca la esfera principal.

Ella no se creía lo que estaba viendo y escuchando.

-Se ha vuelto loco -pensó-. Si se oyera diría que habla otra persona. Y, ¿cómo pretendes que esto funcione? ¿Vas a desaparecer? –le dijo con un tono de burla temerosa porque siempre le había oído decir que no había nada peor que un loco con ideas… ¡y en ese momento lo era él!

-No lo sé –le respondió sinceramente-. Yo solo voy a programar el lugar, día, mes, año y hora a la que quiero llegar y apretaré la solitaria manecilla.

Mientras lo decía, accionó las agujas de la esfera mayor con la palanca que aún no había usado del lado derecho. Las puso a mediodía. Cuando estuvo listo, apretó una vez más y empezó a moverse la de los segundos hasta la misma posición. Luego la de los días, luego semanas y años hasta que quedó fijado el viaje para el 28 de marzo de 2016. El lugar fue fácil de establecer: Barcelona.

-¡Todo está listo! –exclamó feliz- Ahora solo he de apretar y viajaré para cambiar las cosas. No cometeré el mismo error otra vez –y sonrió.

-Pero, ¿de verdad quieres hacer esto? –le dijo ya con algo de pánico porque vio que iba en serio-. ¿Vale la pena cambiar todo por una palabra de más?

-Sí –respondió con frialdad-. No puedo modificar lo que yo querría porque solo puedo influir en mí mismo, no en los demás, así que sí. Hay cosas que no podré evitar, que ocurrirán, pero otras no. Yo voy a retocar estas. ¡Hasta la próxima!


Dichas estas palabras, accionó la palanca de la izquierda y, súbitamente, cerró los ojos, como si estuviera dormido o meditando. Por eso nadie se extrañó. Tampoco apreciaron los que veían esa escena cómo le cambió la cara a un blanco cadáver a la chica porque sabía que, si no se había equivocado, nada iba a ser igual y estaba contenta con la nueva situación. Con todas sus fuerzas rezó para que abriera los ojos. Pasó un segundo; luego, otro…

miércoles, 9 de noviembre de 2016

Un reloj de bolsillo

Era un día otoñal en el que el frío viento movía las hojas caídas y avisaba de lo que se acercaba. La universidad, lugar dónde mucha gente de los alrededores pasaba las horas, estaba llena de vida: desde los alumnos con el reloj retrasado que siempre iban corriendo de aula en aula para, sin éxito, llegar a tiempo, hasta los que con una puntualidad británica estaban sentados en su sitio de clase con todo listo, pasando por los amantes de la libertad, del aire fresco y alérgicos a las habitaciones cerradas que se pasaban el día en el patio… aunque ese en concreto estaban cobijados entre las paredes de la cafetería con chocolates calientes y cervezas. Entre toda esta fauna, había uno que, si bien pertenecía a los dos primeros grupos, esta vez estaba escondido entre los últimos, en una mesa tranquila, mirando al infinito mientras jugaba a hacer girar con lo que parecía una moneda más ancha de lo habitual entre un café con leche fría y un croissant de chocolate. De fondo oía sin escuchar las conversaciones sobre un evento ocurrido en otro país que había sorprendido a todos: algo totalmente inesperado que iba a abrir un escenario mundial imprevisto.

Una brisa fría que se coló cuando una joven entró en el lugar le sacó de su ensimismamiento y levantó la mano izquierda para hacerle señas a la recién llegada. Esta, tras hacer lo mismo, se dirigió a la barra para pedirse un café solo. Iba tan elegante como siempre, de hecho, él no recordaba nunca haberla visto mal vestida. Con movimientos gráciles, con la taza en una mano y el bolso lleno en otra, cruzó la sala, llegó hasta la mesa, dejó su café delante del croissant y el bolso en una silla vacía y se sentó. En ese mismo momento, la supuesta moneda paró de rodar y, antes de que golpeara la mesa, él la cogió con la mano derecha, mientras la miraba a los ojos.

-Buenos días –dijo él con una sonrisa no acompañada por los ojos, que mostraban emociones contradictorias.

-¡Buenos días! –le respondió ella, radiante y sonriente-. Hacía mucho que no sabía de ti… ¿estabas enfadado? ¿Te ha pasado algo? –preguntó ella con extrañeza.

-No… -respondió él mirando la moneda-, he estado pensando, ordenando mi cabeza, descansando…

Ella no dijo nada porque sabía que había empezado a divagar y no quería interrumpir su discurso. Le conocía mejor de lo que él creía.

-…y he decido que quiero volver atrás en el tiempo y cambiar alguna cosa que ha pas…-estaba diciendo cuando ella hizo un movimiento ligero pero seco con la mano para cortarle.

-No digas eso, lo que te pasó no puedes cambiarlo –empezó ella a hablar-. Ha sido así y, por algún motivo, tenía que ocurrir. Sé que… -pero no terminó porque le dio un ataque de risa, probablemente porque más le valía reír que llorar.

-No, no, no –negó cuando ya se había calmado-. No hablo de eso –continuó fríamente-. Efectivamente, eso no puedo cambiarlo, pero no pienso ahora en ello. Hablo de nosotros. De lo que nos ha pasado. Quiero retroceder para cambiar algo que dije. Para evitar que saliera de mi bolígrafo una palabra de más en una tarde de encierro estudiantil de finales de marzo. Para no escribir la carta que nos hizo más mal que bien… 

Mientras decía esto había abierto su mano derecha. Lo que parecía una moneda, bien lejos de eso, era realmente un reloj de bolsillo muy especial.